Discurso protegido
P. Frank Pavone
Priests for Life
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version.)
Durante muchos años he estado predicando que la mejor manera de defender
nuestro derecho a la libre expresión es ejerciéndolo sin temor. Irónicamente, la
razón por la cual el slogan "pro-elección" (pro-choice) aparenta tener sentido
para los estadounidenses es también la misma razón por la cual la gente que
defiende la vida puede transmitir su mensaje sin inconvenientes: nosotros
protegemos la libertad. No existe libertad para asesinar. Sin embargo, una de
nuestras libertades fundamentales es la de expresar nuestro mensaje, cualquier
mensaje, sin importar cuan desagradable pueda ser para aquellos que lo reciben.
En la Iglesia subestimamos demasiado y subutilizamos el poder del mensaje
pro-vida para confrontar y transformar nuestra cultura. Simplemente pregúntese
por unos instantes cuando se ha proclamado el mensaje pro-vida a gente que no
está dispuesta a oirlo. Si alguno en nuestra comunidad no va a la Iglesia y no
asiste nunca a una conferencia pública pro-vida, ¿cómo y cuándo oirá el mensaje
que el aborto es violento y debe detenerse?
¿Lo oirán acaso, si van a una feria del condado, por medio de un local pro-vida
donde se distribuya literatura? Quizás, pero no con la frecuencia suficiente.
¿Y qué de las esquinas, donde las personas que defienden la vida pueden
reunirse y distribuir literatura y exhibir pancartas? Tal vez en estos casos
somos menos americanos que la misma constitución. Somos perfectamente libres,
legal y moralmente, para ejercer esta opción. Pero nosotros mismos nos
derrotamos. Nos decimos a nosotros mismos que no se puede hacer, mucho antes que
cualquier otro trate de decirnoslo. Quizás estamos confundidos sobre la
legalidad, o no queremos "ofender a la gente" (lo que constituye esencialmente
un juicio sobre ellos, porque presumimos que sabemos cuan dispuestos están sus
corazones para recibir el mensaje), o pensamos que tenemos que ser populares
para ser exitosos (pensamos esto cuando transcurre mucho tiempo sin que leamos
los Hechos de los Apóstoles).
También, por supuesto, no queremos molestar a los niños. No estoy hablando de
imágenes gráficas de bebés abortados. Tenemos miedo de perturbarlos con palabras
sobre el aborto, como me tocó ver en una reunión en que una parroquia católica y
una escuela rechazaron la idea de instalar un cartel que dijera "Abortar asesina
niños" porque podría ocasionarle pesadillas a los niños. La ironía es que en ese
mismo momento, los alumnos de primer grado de esa escuela habían preparado e
instalado en los pasillos dibujos de esqueletos y barriles sin fondo con la
inscripción "Las drogas matan." (¡Entiéndalo Ud!)
Una abogada constitucionalista pro-aborto en Nueva York se sintió ofendida
recientemente por una banderola arrastrada por un aeroplano en la que se
mostraba un bebé abortado. Sin embargo escribió en Newsday que no existía manera
legal de detener esa actividad. La Corte Suprema ha fallado una y otra vez que
la expresión no es verdaderamente libre si no puede shockear u ofender a uno.
Cuando las personas que promueven el aborto defienden nuestro derecho a
expresar nuestro mensaje más que nosotros, algo anda mal.