¡A la salud del enojo!

 

Fr. Frank Pavone

   
 

¿Cómo estás? Le pregunté a un sacerdote amigo cuando nos preparábamos para celebrar la misa en su parroquia. "Estoy enojado", me contestó. Pensé que quizás yo había hecho algo fuera de lugar, hasta que él me aclaró que estaba enojado porque ese mismo día estaban matando bebés en su comunidad.

Si, yo también estoy enojado. ¡Y por eso saludo la preciosa belleza de mi enojo! El enojo puede ser una virtud cuando está dirigido contra el mal, cuando nos induce a actuar correctamente para arrancar de cuajo el mal que nos afecta. En efecto, no puede amarse el bien sin enojarse frente al mal.

Pienso que el aborto en este país no se acabará hasta que más gente, que lamenta profundamente esto, se enoje por lo que nos pasa.

Cito al autor británico William Hazlett (1778 – 1830), como aparece en el libro de Marcus Wood, Memoria Ciega (Blind Memory), tratando el tema de la esclavitud.

"La verdad lógica y la razón práctica son disparates. Es fácil levantarse contra invectivas violentas, hablar en alta voz contra la extravagancia y el entusiasmo, buscar una pelea con cualquier cosa menos la más calmada, cándida y calificada afirmación de los hechos: pero hay ciertas enormidades a las cuales las palabras no les pueden hacer justicia. Para darnos una idea acabada de ellas, ¿tendremos entonces que omitir cualquier circunstancia que nos moleste, o suprimir cualquier sentimiento de impaciencia que surja al conocer sus detalles, no sea cosa que se nos acuse de sucumbir a la influencia del prejuicio y la pasión? Eso significaría en los hechos falsificar la impresión, pervertir la razón e iría en contra de la naturaleza.

"Supongamos, por ejemplo, que en la discusión del comercio de esclavos, una descripción de la vida y horrores de la travesía o "Middle passage" como se la llamaba, le mostrara la manera en que miles de miserables, año tras año, eran almacenados juntos en el interior de un barco negrero, sin aire, sin luz, sin alimentos, sin esperanza, de manera que el sufrimiento que ellos padecieron fuera evidente en su imaginación, al punto que sintiera su corazón enfermo, como si fuera el de uno de ellos. ¿Podría decirse que esto constituye prevaricato, que su conocimiento de la extensión del mal lo descalifica para pronunciar sentencia sobre este y que su disgusto y repugnancia son efecto de una imaginación recalentada?

"No. Estos males que inflaman la imaginación y enferman el corazón, no deben dejar nuestra cabeza fría. Esta es precisamente la verdadera prueba y la medida de la enormidad perpetrada, a tal punto que involuntariamente anonadan y asquean la mente. Si fuera una iniquidad común, si fuera algo leve y parcial, o necesario, no tendría este efecto, pero muy apropiadamente afecta nuestros sentimientos, y si se quiere, supera nuestra capacidad de juicio, porque el mal es de una magnitud tal, tan monstruoso e innecesario que no se lo desea padecer, ni siquiera en el pensamiento" (Wood, 15-16)

Debemos utilizar la razón, el auto-control y la virtud en nuestro trabajo a favor de la vida. Pero pretender que abandonemos toda emoción es el colmo del absurdo.