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Culpa homicida

P. Frank Pavone, Priests for Life

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Deuteronomio 21:1-9 describe un ritual que el pueblo de Dios debía cumplir cuando alguien era encontrado muerto y no se sabía quien había cometido el asesinato. Dicen las Escrituras: [T]us ancianos y los jueces irán a medir las distancias del lugar donde esté el cadáver hasta las ciudades del contorno (v.2) Los habitantes de la ciudad más cercana debían sacrificar una becerra, y sus ancianos debían orar con estas palabras: "No han derramado nuestras manos esta sangre ni lo han visto nuestros ojos; expía a tu pueblo Israel, a quien redimiste, ¡oh, Señor!, y no imputes la sangre inocente a tu pueblo Israel." (v.8)

¿Qué está pasando aquí? Obviamente, cuando se derrama sangre inocente, algo ocurre en el país; algo le pasa a la gente del país y a su relación con Dios, aún si ellos no fueron quienes derramaron la sangre. Como lo documenta claramente el relato del primer asesinato, el inocente, aunque muerto, todavía habla: "La voz de la sangre de tu hermano está clamando a mi desde la tierra." (Gen 4:10)

El pueblo de Dios está vinculado mutuamente sin posibilidad de escape, una reponsabilidad recíproca trasciende nuestra propia elección. Lo vemos también en Isaías 1:10-20, cuando Dios dice a su pueblo: "Vuestras manos están llenas de sangre." (v. 15) Ellos no estaban matando, pero como había matanzas en medio del pueblo, tenían la responsabilidad de intervenir. Por ello el pasaje continua con las siguientes instrucciones: "buscad lo justo, restituid al agraviado." (v.17)

¿Y nosotros? Nuestra tierra está contaminada con la sangre inocente de decenas de millones de niños abortados. ¿Será suficiente frente a los ojos de Dios que nosotros no hayamos asesinado? Las Escrituras nos dicen que no. Sabemos donde se perpetran estos asesinatos, sabemos como, y sabemos quienes los están cometiendo. El aborto se promociona públicamente y se promueve. Como esto ocurre en medio de nosotros, estamos involucrados y no podemos escapar.

¿Qué debemos hacer entonces? Debemos arrepentirnos. Debemos ver al aborto, no como un pecado de otros, sino como nuestro propio pecado. Aún si nunca hemos participado en un aborto, debemos pedir perdón. Es fácil culpar a aquellos que practican abortos o que apoyan su práctica. Pero debemos también culparnos a nosotros mismos. Esta es la dinámica espiritual que debe fundamentar todas nuestras actividades para acabar con el aborto. A menudo la gente piensa que lo que se debe hacer en el plano espiritual para acabar con el aborto es "rezar." Es cierto, debemos orar. Pero primero y principal estamos llamados a arrepentirnos, a asumir la responsabilidad que nos toca por el derramamiento de sangre inocente y entonces intervenir para salvar a los indefensos.

Afortunadamente, la sangre de otra víctima inocente también habla. La Sangre de Jesús "habla mejor que la de Abel." (Heb 12:24) Arrepintámonos del aborto, lavémonos en la sangre de Jesús y pongámonos a trabajar para defender al inocente.

 

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