Jesucristo sin Quintas
Fr.
Frank Pavone
National Director, Priests for Life
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Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios
en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía
con nosotros.” Pero Jesús dijo: “No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre
un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues
el que no está contra nosotros, está por nosotros.” (Marcos 9:38-40)
El ministerio en la viña del Señor es un privilegio. Estamos
acostumbrados a escuchar que la viña le pertenece a El; es su obra, su pueblo,
su Iglesia, y su “feudo.” Por supuesto, eso no significa que no sea nuestro;
algo que a veces olvidamos. Queremos “poseer” nuestro trabajo y estamos siempre
listos a “defender nuestro feudo o nuestra quinta” contra aquellos que, de
acuerdo a nuestro criterio, se están entrometiendo.
Esta tendencia tan común de nuestra naturaleza humana caída es
evidente en el pasaje de la Escritura que cité al comienzo. Juan y los otros
apóstoles trataron de prevenir que alguien expulsara demonios. ¿Por que rayos lo
hacían? ¿Acaso no es bueno expulsar demonios? ¿No queremos expulsar la mayor
cantidad posible? Por supuesto que sí.
El problema era que este hombre anónimo no trabajaba en la misma
oficina que Juan y el resto de los apóstoles. Pertenecía a una organización
diferente. Los apóstoles cayeron en la trampa de las “guerras feudales.”
Olvidaron que el Señor es soberano, que el Espíritu se mueve donde quiere, y que
no se puede encarcelar la Palabra del Señor. Estamos llamados a hacer el
trabajo de Dios, no controlamos
el trabajo de Dios.
En el Antiguo Testamento aparece la misma tentación de
desarrollar “guerras feudales.”
Moisés… reunió a setenta ancianos del pueblo y los puso alrededor
de la Tienda. Bajó el Señor en la Nube y le habló. Luego tomó algo del espíritu
que hablaba en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre
ellos el espíritu, se pusieron a profetizar… Habían quedado en el campamento dos
hombres, una llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el
espíritu, pues aunque no habían salido a la Tienda, eran de los designados. Y
profetizaban en el campamento. Un muchacho corrió a anunciar a Moisés: “Eldad y
Medad están profetizando en el campamento.” Josué, hijo de Nun, que estaba al
servicio de Moisés desde su mocedad, respondió y dijo: “Mi señor Moisés,
prohíbeselo.” Le respondió Moisés: ¿Es qué estás tú celoso por mí? ¡Quién me
diera que todo el pueblo del Señor profetizara porque el Señor les daba su
espíritu! (Números
11:24-29).
Jesús y Moisés nos enseñan que cuando hay verdadero liderazgo
somos lo suficientemente humildes para encomiar el trabajo del Señor aún cuando
se haga a través de canales y estructuras distintas de las que nosotros
controlamos. Los verdaderos líderes no se sienten amenazados cuando otros que no
están bajo su autoridad directa hacen el mismo tipo de trabajo. Se alegran, en
cambio, porque más que recibir halagos les interesa que se haga el trabajo. Y
confían que el Señor sabe más que ellos.