Fr. Frank Pavone
National Director, Priests for
Life
El dolor es muy extraño. Puede hacer que no veamos lo que realmente ocurre en
nuestras vidas y puede impedir que reconozcamos a algunas personas
importantísimas que conocemos.
La mañana de Pascua, María Magdalena estaba llorando desconsolada junto al
sepulcro. El mismísimo Jesús estaba parado allí. Pero como nos dice el Evangelio
según San Juan ella “no sabía que era Jesús” y pensó que era el jardinero. “Le
dice Jesús: “¿Mujer, por qué lloras? ¿A quién buscas?’” La causa de su dolor iba
a ser removida por Aquel que le estaba preguntando sobre éste. No se daba cuenta
que el motivo por el que lloraba ya había sido eliminado. El Señor estaba
presente.
La tarde de Pascua, dos de los primeros cristianos iban caminando de
Jerusalén a Emaús, “conversaban entre sí sobre todo lo que había pasado. Y
sucedió que mientras ellos conversaban y discutían, el mismo Jesús se acercó y
conversó con ellos; pero sus ojos estaban retenidos para que no le conocieran.
El les dijo: “¿De qué discutís entre vosotros mientras vais andando?”” Una vez
más, la razón de su dolor había sido eliminada por Aquel que ahora les
preguntaba sobre su dolor. El Señor estaba presente y caminaba con ellos. Sus
corazones comenzaron a arder en su interior.
En la medida que la Iglesia continua lidiando con la tragedia del aborto, se
enfrenta no solamente con un pecado contra la vida, sino con un pecado contra la
esperanza. No vemos al “aborto” cuando caminamos por la calle. Lo que vemos es a
una mujer, una hija de Dios, que ha sido atrapada por las garras de la
desesperación. Aún si sabe que el aborto está mal, como lo sabe la mayoría, no
ve otra salida. Ella también siente dolor. Siente que debe elegir entre la vida
del niño y su vida. La perspectiva de tener el hijo es, psicológicamente, como
la “muerte” para ella, la muerte de sus planes, su libertad, su futuro.
El dolor es extraño. Puede hacer que no veamos el valor de un niño.
También puede impedir que veamos la presencia del Señor. El camina con
nosotros en medio de nuestro dolor y nos pide que lo compartamos con El para
eliminarlo definitivamente. Así como el Señor estaba presente aquella primera
Pascua junto a quienes pensaban que lo habían perdido, así está presente hoy
entre los que sufren. Está presente entre los que tienen tanto miedo y
desesperación que llegan a matar a sus propios hijos.
El Señor está presente a través de su Iglesia. Nosotros, el Pueblo de la
Vida, dialogamos con la mujer tentada a abortar. “¿Por qué lloras?” Aprendemos
de sus necesidades, sus miedos y le mostramos que no está sola. Caminamos con
ella, como el Señor caminó con sus discípulos dolientes. Proveemos esperanza. La
llamamos por su nombre, compartimos el pan con ella, la acercamos a otros
discípulos, le llevamos la fuerza de la Eucaristía.
El aborto huirá en presencia de la esperanza pascual. El Señor todavía camina
con su pueblo.
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