Cruz de Ceniza






Una de las celebraciones más populares en la Iglesia Católica es el miércoles de ceniza que señala el inicio del tiempo litúrgico de la Cuaresma. La cuaresma son los cuarenta días que preceden la fiesta de las fiestas, a la noche de las noches: La Resurrección del Señor Jesús. Hace referencia también a los 40 días que Jesús pasó en el desierto en ayuno y oración. Este tiempo lo podemos comparar con la preparación de nuestras fiestas sociales más significativas. Cuánto más importante es la fiesta, más cuidado y tiempo requiere su preparación. La fiesta más importante del calendario litúrgico requiere, pues, que le dediquemos un tiempo especial para disponer adecuadamente nuestros corazones. Esta disposición se logra por medio de la práctica del ayuno, la oración y la limosna, orientados a la vivencia de la conversión.
El símbolo más popular del Miércoles de Ceniza es la cruz que se impone en la frente de los bautizados acompañada de las siguientes palabras: “Conviértete y cree en el Evangelio”. ¿Qué significa convertirse? Convertirse significa cambiar de camino. Cambiar del camino de la oscuridad al camino de luz. Cambiar del camino de la muerte al camino de la Vida. Cambiar del camino del egoísmo al camino del Amor. Cambiar del camino del pecado al camino de la Gracia. Algunos de ustedes, queridos lectores, podría preguntarse legítimamente: ¿y cómo sabemos si estamos viviendo la conversión? ¿cómo sabemos si estamos en el camino correcto? Los 10 mandamientos son los indicadores objetivos o el marco de referencia que Papá Dios nos dejó, para evaluar si vivimos en estado de “conversión”. También sabemos que Jesús en una oportunidad resumió los mandamientos en dos: amar a Dios por sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo. En definitiva y puestos a resumir, la conversión consiste en vivir en el Amor a Dios y al prójimo. En la reflexión catequética de la Iglesia Católica se llega a la conclusión que estos amores se resumen en la vivencia de los 10 mandamientos. De hecho tradicionalmente los mandamientos se clasifican de la siguiente forma: los 3 primeros mandamientos están dirigidos a Dios: 1º Amarás a Dios sobre todas las cosas; 2º No tomarás el Nombre de Dios en vano; 3º Santificarás las fiestas; y, los 7 siguientes al prójimo: 4º Honrarás a tu padre y a tu madre; 5º No matarás; 6º No cometerás actos impuros; 7º No robarás; 8º No dirás falso testimonio ni mentirás; 9º No consentirás pensamientos ni deseos impuros; 10º No codiciarás los bienes ajenos. Está reflexión catequética hunde sus raíces en el magisterio bíblico que es muy claro al respecto: El que recibe mis mandamientos y los cumple, ese es el que me ama (Jn 14,21).
En ocasiones podemos encontrarnos algunos cristianos (no descartemos estar incluidos) que, recreando los fariseos de entonces, se preocupan más por la práctica meramente externa de los preceptos, ahogando el Amor a Dios y al prójimo (los fariseos seguían más de 600 preceptos).
Propongo que este miércoles, cuando recibamos la imposición de la ceniza, nos preguntemos con la mano en el corazón si realmente vivimos en este estado de conversión, reflejado en la vivencia amorosa de los 10 mandamientos, o, si por el contrario, nos quedaremos un año más siguiendo las prácticas cuaresmales sin estar orientadas a la vivencia más profunda del Amor. Esto no significa, no vayamos a ser malinterpretados, que las prácticas del ayuno, la oración y la limosna no tengan validez, pero solamente la tendrán si están orientadas a preparar mejor nuestros corazones para vivir más auténticamente el Amor de Dios y al prójimo. Finalmente una palabra dirigida a los infelizmente llamados “cristianos pro elección” en los Estados Unidos y más allá de estas fronteras, para que especialmente se pregunten esta cuaresma si pueden practicar el ayuno, la oración y la limosna con las manos llenas de sangre al ser cómplices de la matanza de los seres humanos más indefensos e inocentes: los bebés no nacidos.

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