III. Creemos que estas verdades son autoevidentes






 

El poder que el Hombre tiene de convertirse en lo que quiere significa, como hemos visto, el poder de ciertos hombres de hacer de otros hombres lo que ellos quieren.

C. S. LEWIS, LA ABOLICIÓN DEL HOMBRE

Creemos que existe un entendimiento universal de lo qué es la libertad y la verdad “escrito en el corazón humano”. Los fundadores de los Estados Unidos también tenían esa certitud. En 1776, John Dickinson, uno de los autores de nuestra constitución, afirmó: “Nuestras libertades no vienen de estatutos que sólo declaran derechos preexistentes. No dependen de pergaminos o sellos, pero vienen del Rey de reyes y el Señor de toda la tierra”.(8) Las palabras de la Declaración de la Independencia hablan de las “Leyes de la Naturaleza y del Dios de la Naturaleza”, y continúan con esta aseveración histórica: “Creemos que estas verdades son autoevidentes: que todos los hombres han sido creados iguales, que su Creador les ha concedido a todos ciertos derechos inalienables, que entre ellos están la Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad… “. Hoy, han transcurrido más de dos siglos del experimento estadounidense. Tendemos a tomar por dadas estas palabras. Pero para los fundadores, que las escribieron al margen de una revolución armada, estas frases fueron investidas no sólo con su filosofía sino con sus vidas. Es por eso que ellos concluyeron con “firme confianza en la protección de la divina providencia”. Las palabras de la Declaración de la Independencia iluminan los principios fundamentales de la república estadounidense, principios basados en las verdades invariables sobre la persona.

14. Los principios de la Declaración no se reflejaron completamente en las estructuras sociales o políticas de su tiempo. En ese entonces, la esclavitud y otras injusticias sociales estaban en tensión con los nobles ideales articulados por los fundadores. Sólo después de largo tiempo, y mucho esfuerzo, se han reducido estas contradicciones. De manera sorprendente, vemos hoy un aumento en la tensión entre los principios fundamentales de nuestra nación y la realidad política. Vemos esto en la disminución del respeto por los derechos inalienables a la vida y en la eliminación de la protección legal para los más desamparados. No puede haber justicia auténtica en nuestra sociedad hasta que las verdades sobre las que se fundamentó nuestra nación se hayan concretizado más perfectamente en nuestra cultura y ley.

15. Una de esas verdades es nuestra condición de criaturas. La “realidad virtual” y la ciencia genética nos pueden dar ilusión de poder, pero no somos dioses. No somos ni nuestros creadores ni creadores de nadie ni de nada. Y para nuestra propia seguridad, no debemos tratar de serlo. Ni los padres, a quienes se les ha confiado la protección especial de nueva vida, son “dueños” de sus hijos como tampoco ningún adulto puede ser dueño de otro. Y ahí se encuentra nuestra propia seguridad. Nadie, excepto el Creador es el soberano de los derechos humanos básicos -empezando con el derecho a la vida. Somos hijos e hijas de un Dios, quien, por encima y más allá de todos nosotros, nos concede la libertad, la dignidad y los derechos de la personalidad que nadie puede quitarnos. Sólo en este contexto, el contexto de un Creador que es autor de nuestra dignidad humana, encuentran su verdadero significado palabras tales como “verdades” y “auto-evidentes”. Sin que exista un Creador que haya ordenado ciertas verdades irrevocables sobre la persona, no hay derechos “inalienables”, y nada sobre la dignidad humana es autoevidente.

16. Esto no hace que Estados Unidos sea sectario. Sin embargo, sí destaca el papel crucial que juega la soberanía de Dios en la edificación de la política estadounidense. Aunque los fundadores fueron una mezcla de racionalistas de la Ilustración y cristianos tradicionales, generaciones de judíos, musulmanes, otros grupos religiosos y de no creyentes han encontrado su patria en Estados Unidos. Esto es posible debido a la tolerancia de nuestro sistema con raíces en el principio judeo-cristiano que hasta los que difieren en cultura, apariencia y fe, siguen compartiendo los mismos derechos. Creemos que este principio aún posee el poder de inspirar a nuestra voluntad nacional.

17. El Concilio Vaticano II, en su Constitución Pastoral sobre la Iglesia en el Mundo Contemporáneo (Gaudium et Spes) , alaba a aquellos hombres y mujeres que tienen la vocación para ocupar un cargo público. Promueve la ciudadanía activa y también nos recuerda que: “La comunidad política nace… para buscar el bien común, en el que encuentra su justificación plena y su sentido y del que deriva su legitimidad primigenia y propia. El bien común abarca el conjunto de aquellas condiciones de vida social con las cuales los hombres, las familias y las asociaciones pueden lograr con mayor plenitud y facilidad su propia perfección” (no. 74). En su búsqueda por el bien común, los ciudadanos deberán “cultivar… con generosidad y magnanimidad y lealtad su amor a la patria, pero sin estrechez de espíritu… [y también] tener conciencia de la vocación particular y propia que tienen en la comunidad política; en virtud de esta vocación, están obligados a dar ejemplo de sentido de responsabilidad y de servicio al bien común…” (no. 75).

18. En cuanto al papel de la Iglesia en este proceso: “…La comunidad política y la Iglesia son independientes y autónomas, cada una en su propio terreno. Ambas, sin embargo, aunque por diverso título, están al servicio de la vocación personal y social del hombre… [pero] es de justicia que pueda la Iglesia en todo momento y en todas partes predicar la fe con auténtica libertad, enseñar su doctrina social, ejercer su misión entre los hombres sin traba alguna y dar su juicio moral incluso sobre materias referentes al orden político, cuando lo exijan los derechos fundamentales de la persona o la salvación de las almas” (no. 76; énfasis es añadido).

19. El Papa Juan Pablo II elabora sobre esta responsabilidad en su exhortación apostólica de 1988, Sobre vocación y misión de los laicos en la Iglesia y en el mundo (Christifideles Laici) : “La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. Esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona …. El titular de tal derecho es el ser humano, en cada fase de su desarrollo, desde el momento de la concepcÍón hasta la muerte natural; y en cualquiera que sea su condición, ya sea de salud que de enfermedad, de integridad física o de minusvalidez, de riqueza o de miseria …. Si bien la misión y la responsabilidad de reconocer la dignidad personal de todo ser humano y de defender el derecho a la vida es tarea de todos, algunos fieles laicos son llamados a ellos por un motivo particular: Se trata de los padres, los educadores, los que trabajan en el campo de la medicina y de la salud, y los que llevan el poder económico y político” (no. 38).

20. Creemos que el Evangelio de jesucristo es el “Evangelio de la vida”. Invita a todas las personas y sociedades a una nueva vida, vivida en abundancia, con respeto por la dignidad humana. Creemos que este Evangelio no es sólo un complemento a los principios políticos estadounidenses, sino también la curación para la enfermedad espiritual que infecta nuestra sociedad. Como dice la Escritura, todo reino dividido se desmorona (Lc 11:17). No podemos simultáneamente comprometernos a los derechos humanos y al progreso mientras eliminamos o marginamos a los más débiles entre nosotros. Ni tampoco podemos poner en práctica el Evangelio de la Vida como si fuera una devoción privada. Los católicos estadounidenses debemos vivirlo públicamente y con vigor, como una cuestión de liderazgo y testimonio nacional, o no lo viviremos.

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