IV. Para vivir el Evangelio de la vida: virtudes necesarias






No es posible construir el bien común sin reconocer y defender el derecho a la vida sobre ef cual se fundamentan y desarrollan todos los demás derechos inalienables del ser humano.

PAPA JUAN PABLO II, EL EVANGELIO DE LA VIDA ENO. I O I )

Llevar el respeto por la dignidad humana a la política práctica puede ser una tarea dificilísima. Hay una gran gama de asuntos que tocan a la protección de la vida humana y a la promoción de la dignidad humana. La gente bien intencionada, con frecuencia, no está de acuerdo con los problemas que hay que resolver, cuáles normas se deben adoptar y la mejor manera de aplicarlas. Tanto para los ciudadanos como para las autoridades elegidas, el principio básico es simple: Debemos empezar con el compromiso de nunca matar intencionalmente, ni participar en la matanza de cualquier vida humana inocente, no importa to defectuosa, mal formada, minusválida o desesperada que parezca. En otras palabras, la opción de cierta manera de actuar es siempre y radicalmente incompatible con el amor de Dios y la dignidad de la persona creada a Su imagen. El aborto directo nunca es una opción moralmente tolerable. Es siempre un acto de violencia grave en contra de una mujer y su niño por nacer. Esto es el caso aun cuando la mujer no vea la verdad debido a las presiones a que está sujeta, ya sea por el padre de la criatura, los padres de ella o sus amistades. De igual manera, la eutanasia y el suicidio asistido, nunca son obras de misericordia aceptables. Ambos actos siempre abusan de los que sufren y de los desesperados, y extinguen la vida en nombre de la “calidad de la vida” misma. Esta misma enseñanza en contra de la matanza directa de los inocentes condena a todos los ataques directos de personas civiles inocentes en tiempo de guerra.

22. El Papa Juan Pablo II nos recuerda que debemos respetar cada vida, aunque sea la de criminales o de agresores injustos. Se ve cada día más claramente que en la sociedad contemporánea la pena de muerte no es necesaria para proteger la seguridad de las personas ni el orden público, y los casos en que pueda ser justificada son ya “muy raros, por no decir prácticamente inexistentes”. No importa cuán serio sea el crimen, los castigos que no quiten la vida “son más conformes con la dignidad de la persona humana” (Evangelium Vitae, no. 56). Nuestro testimonio por el respeto a la vida es más patente cuando exigimos respeto por cada vida humana, incluyendo la vida de los que no permiten mostrar respeto por los demás. El remedio a la violencia es amor, no más violencia.

23. Como recalcamos en nuestra declaración Responsabilidad Política en 1995: “La aplicación de los valores del Evangelio a las situaciones reales es una obra esencial de la comunidad cristiana”. A1 adoptar una ética uniforme hacia la vida, la Iglesia católica promueve una amplia gama de asuntos “que buscan proteger la vida humana y promover la dignidad humana desde su inicio hasta su momento final”.(9) Oposición al aborto y a la eutanasia no excusa indiferencia hacia los que sufren a causa de la pobreza, la violencia y la injusticia. Cualquier política por la vida humana deberá resistir la violencia de la guerra y el escándalo de la pena de muerte. Cualquier política de la dignidad humana deberá seriamente dirigirse a estos problemas: racismo, pobreza, hambre, empleo, educación, vivienda y cuidados de la salud. Por tanto, los católicos deberán participar con entusiasmo en abogar por los débiles y marginados en todas esas áreas. Las autoridades públicas que son católicas deberán tratar todos esos asuntos mientras que tratan de edificar normas uniformes que promueven el respeto por la persona en todas las etapas de su vida. Pero estar en to “cierto” en tales asuntos nunca puede ser una excusa para una mala decision con respecto a ataques directos a una vida humana inocente. En verdad, el fallo en proteger y defender la vida en sus etapas de más impotencia hace que otras posturas “correctas” en asuntos que afectan a los más pobres a indefensos de la comunidad humana se vean con sospecha. Si entendemos que la persona es el “templo del Espíritu Santo” -la morada viva de Dios- entonces estos asuntos mencionados son, lógicamente las paredes y las vigas de esa casa. Cualquier ataque directo a la vida humana inocente, tal como el aborto o la eutanasia, es un ataque a las bases de esa morada. Esos ataques violan directamente, y de modo inmediato, el derecho más fundamental de la persona -el derecho a la vida. Descuidar estos asuntos es el equivalente a construir una casa sobre la arena. Tales ataques no ayudan sino que entorpecen la conciencia social en modos que son, en última instancia, destructivos de otros derechos humanos. Como el Papa Juan Pablo II nos recuerda, el mandamiento de no matar establece el mínimo de to que debemos respetar y de donde debemos partir “para pronunciar innumerables `sí’, capaces de abarcar progresivamente el horizonte completo del bien” (Evangelium Vitae, no. 75).

24. Desde que los católicos entraron en la corriente política de EE.UU., los creyentes han luchado por balancear su fe con las exigencias del pluralismo democrático. Como resultado, algunas autoridades católicas elegidas han adoptado el argumento de que, mientras que ellos personalmente se oponen a tales males como el aborto, no pueden imponer sus puntos de vista religiosos en la sociedad en general. Esto es un serio error por varias razones. Primero, en cuanto al aborto, cuándo empieza la vida humana no es una creencia religiosa sino un dato científico -un hecho sobre el cuál hay un acuerdo claro hasta entre los principales proponentes del aborto. Segundo, la santidad de la vida humana no es sólo una doctrina católica sino parte del patrimonio ético de toda la humanidad, y un principio fundamental de nuestra nación. Finalmente, la democracia no se ayuda con el silencio. La mayoría de los estadounidenses reconocería que en esta declaración hay una contradicción: “Aunque estoy opuesto personalmente a la esclavitud, al racismo o al sexismo, no puedo imponer mis ideas personales en el resto de la sociedad”. El verdadero pluralismo depende de si la gente con convicciones lucha vigorosamente para promover sus creencias por todos los medios éticos y legales a su disposición.

25. Hoy, los católicos corren el riesgo de cooperar con un pluralismo falso. La sociedad secular permite a los creyentes cualquier convicción moral que epos deseen -mientras las guarden dentro de la esfera privada de su conciencia, en sus hogares a iglesias, y fuera del foro público. La democracia no es un substituto de la moralidad, ni un remedio para la inmoralidad. Su valor depende -o fracasa- de los valores que encarna y promueve. Solamente la promoción sin tregua de la verdad sobre la persona puede infundir en la democracia los valores correctos. Esto es to que Jesús quiso decir cuando nor pidió que fuéramos la levadura de la sociedad. Los católicos estadounidenses han buscado por mucho tiempo asimilarse a la vida cultural de este país. Pero al asimilarse, hemos sido frecuentemente totalmente “digeridos”. Hemos sido cambiados demasiado por nuestra cultura, y no la hemos cambiado to suficiente. Si somos levadura, debemos llevar todo el Evangelio a nuestra cultura, un Evangelio de vida y alegría. Eso es nuestra vocación de creyentes. Y no hay un mejor sitio para empezar que con la promoción de la belleza y la santidad de la vida humana. Los que reclaman que promueven la causa de la vida mediante la violencia o la amenaza de violencia contradicen el corazón mismo del Evangelio.

26. La Escritura nos dice: “Hagan to que dice la Palabra, pues al ser solamente oyentes… [porque] si la fe no se demuestra por la manera de actuar, está completamente muerta” (Stgo 1:22, 2:17). Jesús mismo nos instruyó así: “Vayan y hagan que todos los pueblos Sean mis discípulos…y enséñenles a cumplir todo to que yo les he encomendado…” (Mt 28:19-20). La vida en Cristo es una vida de testimonio vivo. Exige liderazgo moral. Cada bautizado según la verdad de la fe católica es un miembro del “pueblo de vida” enviado por Dios a evangelizar el mundo.

27. Dios está siempre listo a responder a nuestras peticiones por las virtudes necesarias para hacer su voluntad. Primero que todo, necesitamos el valor y la honestidad para hablar la verdad sobre la vida humana, no importa to que nos cueste. La gran mentira de nuestro tiempo es que somos impotentes ante los arreglos, estructuras y tentaciones de la cultura de las masas. Pero no somos impotentes. Podemos hacer la diferencia. Pertenecemos al Señor, y en Él está nuestra fuerza, y mediante Su gracia, podemos cambiar el mundo. También necesitamos la humildad para escuchar atentamente tanto a los amigos como a los enemigos del aborto, aprendiendo de ambos y olvidándonos de nosotros mismos. Necesitamos la perseverancia para continuar la lucha por la protección de la vida humana, sin importarnos las derrotas, confiando en Dios y en los frutos que finalmente producirá la tarea que Él nos ha encomendado. Necesitamos la prudencia para saber cuándo y cómo actuar en el foro público -y también reconocer y descartar el temor de actuar que se confunde con la prudencia. Y finalmente, necesitamos la gran base de toda vida apostólica: fe, esperanza y amor. Fe no en abstracciones morales o políticas, sino en la presencia personal de Dios; esperanza no en nuestra propia creatividad, sino en Su bondad y misericordia; y amor por los demás, incluyendo a los que nos contradicen, y basados en el amor que Dios derrama sobre nosotros.

28. Estas virtudes, igual que el Evangelio de la vida que ellas ayudan a vivificar, tienen serias implicaciones para todo cristiano que participa en cualquier modo en la vida pública de la nación.

29. Como obispos, tenemos la responsabilidad de llamar a los estadounidenses a la conversión, incluyendo a las autoridades políticas, y especialmente a los que públicamente se identifican como católicos. Como el Santo Padre nos recuerda en El esplendor de la verdad (Veritatis Splendor) : “…Forma parte de nuestro ministerio pastoral… vigilar sobre la transmisión de esta enseñanza moral [de la Iglesia] y recurrir a las medidas oportunas para que los fieles sean preservados de cualquier doctrina y teoría contraria a ello” (no. 116). Por ser los maestros principales de la Iglesia, tenemos por tanto que explicar, persuadir, corregir y amonestar a los que desde sus funciones de liderazgo contradicen el Evangelio de la vida con sus acciones y política. Las autoridades católicas en la vida pública que desoyen la enseñanza de la Iglesia sobre la inviolabilidad de la persona conspiran indirectamente en la matanza de vidas inocentes. Una llamada privada a la conversión debería ser siempre el primer paso para tratar a esas autoridades. Mediante la oración, expresando la verdad con amor, y con el testimonio de nuestra vida, debemos procurar siempre abrir su corazón a la dignidad dada por Dios a los no nacidos y a todas las personas indefensas. Por tanto debemos siempre recordar a esas autoridades que tienen la obligación de ejercer auténtico liderazgo moral en la sociedad. Hacen esto no con la adherencia inconsciente a las encuestas de la opinión pública o con la repetición de frases pro-vida pero vacías, sino educándose, y también educando a sus constituyentes, y haciéndose sensitivos hacia la humanidad del niño no nacido. Al mismo tiempo necesitamos redoblar nuestros esfuerzos para evangelizar y catequizar nuestra gente sobre la dignidad de la vida y la inmoralidad del aborto. Sin embargo, algunas autoridades católicas pueden eximirse de la verdad rehusando abrir su mente al testimonio de la Iglesia. En todo caso, los obispos tienen la obligación y la responsabilidad pastoral de continuar retando a esas autoridades sobre el asunto en cuestión y llamarlos con persistencia a la conversión de corazón. Como obispos reflexionamos particularmente en las palabras del Oficio de Lecturas:

No seamos perros que no ladran ni espectadores silenciosos, ni sirvientes pagados que salen huyendo antes de que llegue el lobo. Al contrario, seamos pastores esmerados en el cuidado del rebaño de Cristo. Prediquemos el plan de Dios completo a los poderosos y a los humildes, a los ricos y a los pobres, a los hombre de todo rango y edad, mientras Dios nos dé la fuerza en tiempo y en destiempo, como San Gregorio escribe en su libro de Instrucción Pastoral. (10)

30. Sacerdotes, religiosos, catequistas, maestros en escuelas católicas, ministros de la vida en familia y teólogos, todos comparten, cada uno en su propio estilo, la tarea de la Iglesia de formar fieles católicos que tengan reverencia por la santidad de la vida. Los llamamos a renovar su compromiso con esa tarea. En palabras y ejemplo, deben dar testimonio con lealtad y alegría a la verdad que cada vida humana, en cada etapa de su desarrollo, es un don de Dios. Médicos, enfermeras y trabajadores del cuidado de la salud pueden afectar la vida de las mujeres y jóvenes que estén considerando el aborto dándoles ayuda práctica, orientación y alternativas para la adopción. De la misma importancia, ellos deben ser evangelizadores de sus propias profesiones, dando testimonio con palabras y ejemplo de que Dios es el Señor de la vida.

31. Católicos con el privilegio de servir en puestos públicos de liderazgo tienen el deber de poner su fe en el corazón de su servicio público, especialmente en aquellos asuntos que tocan la santidad de la vida humana. Tomás More, el antiguo canciller de Inglaterra que escogió entregar su vida antes que traicionar sus convicciones católicas, al dirigirse a su ejecución pronunció estas palabras: “Muero como el buen siervo del rey, pero de Dios primero”. En Estados Unidos a fines de la década de 1990, autoridades elegidas preservan la cabeza. Pero algunas sufrirán pérdidas políticas por llevar a cabo sus funciones públicas según sus convicciones en pro de la vida. Para los que escogen ese camino, les aseguramos que su posición es justa, que salvan vidas mediante su testimonio, y Dios y la historia no los olvidarán. Además, el riesgo de ser testigo no debe exagerarse, y el poder de ser testigo no debe subvalorarse. En una época de engaños, muchos votantes están hambrientos de tener algo substancioso. Ellos admiran y apoyan figuras políticas que hablan sinceramente por sus convicciones morales. Nosotros, por nuestra parte aplaudimos a los católicos y a otras autoridades públicas, que con valentía y determinación usan sus puestos de liderazgo para promover el respeto por toda vida humana.

32. Urgimos a las autoridades católicas que escogen abandonar la enseñanza católica sobre la inviolabilidad de la vida humana en su vida pública que consideren las consecuencias de su propio bienestar espiritual, como también el escándalo a que se exponen al llevar a otros a cometer serios pecados. Les pedimos que reflexionen sobre la grave contradicción de asumir puestos públicos y de presentarse como católicos creíbles cuando sus actos hacia asuntos concernientes a la vida humana no están de acuerdo con la enseñanza de la Iglesia. Ninguna autoridad pública, especialmente una que se considere ser un católico fiel y de verdad, puede responsablemente abogar por, o apoyar activamente, ataques directos sobre la vida humana inocente. Ciertamente hay momentos cuando puede que sea imposible revocar una ley o impedir su aprobación si permite o promueve un mal moral -tal como una ley que permite la destrucción de la vida humana por nacer. En tales casos, una autoridad constituida, cuya posición a favor de la vida es conocida, podía buscar legítimamente limitar el daño causado por la ley. Sin embargo, ninguna apelación a la política, el proceso, el deseo de la mayoría ni el pluralismo, excusan a una autoridad constituida de defender la vida lo más posible. Como es cierto para los dirigentes en todos los caminos de la vida, ningún dirigente político puede evadir su responsabilidad en el ejercicio del poder (Evangelium Vitae, nos. 73-74). Aquellos que justifican su inactividad basándose en que el aborto es legal en la nación necesita reconocer que hay una ley superior, la ley de Dios. Ninguna ley humana puede contradecir válidamente el Mandamiento: “No matarás”.

33. El Evangelio de la vida deberá proclamarse, y la vida humana ser defendida, en todo lugar y en todo momento. El campo de acción para la responsabilidad moral incluye no sólo los corredores del gobierno, sino también las urnas electorales. Las leyes que permiten el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido son profundamente injustas y debemos luchar por medios pacíficos y sin descanso para oponernos a ellas y cambiarlas. Porque son injustas no pueden obligar a ningún ciudadano ir en contra de su conciencia, apoyarlas, aceptarlas o reconocerlas como válidas. Nuestra nación no puede aceptar la continua existencia en nuestra sociedad de tales violaciones fundamentales de los derechos humanos.

34. Animamos a todos los ciudadanos, especialmente a los católicos, que consideren su ciudadanía no sólo como un deber y un privilegio, sino como una oportunidad para participar con gran sentido en la edificación de la cultura de la vida. Todas las voces cuentan en el foro público. Todos los votos cuentan. Todos los actos de ciudadanía responsable son un ejercicio de gran valor individual. Debemos ejercer ese poder de manera que defienda la vida humana, especialmente la de los hijos de Dios que no han nacido, que son minusválidos o indefensos. Las autoridades públicas que tenemos son las que nos merecemos. Su virtud -o falta de ella- es un juicio no sólo sobre ellos, sino sobre nosotros. Por eso, urgimos a nuestros hermanos ciudadanos que vayan más allá de la política partidista, que analicen las promesas de las campañas con un ojo crítico y que escojan sus dirigentes políticos según su principio, no su afiliación política o el interés propio.

35. Urgimos a los padres que recuerden las palabras del Concilio Vaticano II y de nuestro Santo Padre en Sobre la familia (Familiaris Consortio), que la familia es “la célula primera y vital de la sociedad” (no. 42).(11) Como marche la familia así marcha la cultura. Los padres son los educadores primarios de sus hijos, especialmente en áreas tan importantes como la sexualidad humana y la transmisión de la vida humana. Ellos moldean la sociedad hacia el respeto por la vida humana abriéndose ellos primero a la nueva vida; luego formando a sus hijos -mediante su ejemplo personal- con reverencia hacia los pobres, los ancianos y la vida que se desarrolla en el vientre. Las familias que viven el Evangelio de la vida son agentes importantes de evangelización mediante su testimonio. Pero además, deben organizarse “para procurar que las leyes e instituciones del estado no sólo no ofendan, sino que sostengan y defiendan activamente los derechos y los deberes de la familia”, para el propósito de transformar la sociedad y avanzar la santidad de la vida (no. 44).

36. Las mujeres juegan un papel único en la transmisión y cuidado de la vida humana. Ellas son las que mejor entienden el trauma amargo del aborto y el vacío y esterilidad en el corazón del vocabulario de la “elección”. Por tanto, les pedimos a las mujeres que asuman un papel especial en promover el Evangelio de la vida con un nuevo feminismo pro-vida. Las mujeres están altamente cualificadas para orientar y apoyar a otras mujeres que se enfrentan a embarazos inesperados, y ellas han estado a la vanguardia en el establecimiento y el manejo de más de 3,000 centros para ayudar durante el embarazo en todo Estados Unidos. Ellas, de manera más fructífera que cualquier otro, pueden ayudar a las autoridades públicas a comprender que cualquier agenda política que espera proteger los derechos iguales de todos, deberá afirmar los derechos iguales de cada niño, nacido o no nacido. Ellas pueden recordarnos que la declaración de esta nación de los derechos dados por Dios, junto con el mandamiento “No matarás”, son los puntos de partida para la verdadera libertad. Si se escoge cualquier otro sendero contradecimos nuestra propia identidad como nación dedicada a la “Vida, la Libertad y la búsqueda de la Felicidad”.

37. Aplaudimos a todos los que proclaman y sirven al Evangelio de la vida. Con su activismo pacífico, educación y oración, dan testimonio de la verdad de Dios y encarnan el mandamiento de nuestro Señor de amarse mutuamente como El nos amó. Con su servicio a las mujeres que han tenido abortos, ellos traen Su paz y consuelo. Les urgimos que perseveren en esta difícil tarea, y que no se desanimen. Al igual que la Cruz de nuestro Señor, la fiel dedicación al Evangelio de la vida es una “señal de contradicción” en nuestro tiempo.

38. Como el Papa Juan Pablo II nos ha dicho: “Es un tributo a la Iglesia y la apertura de la sociedad estadounidense que tantos católicos en Estados Unidos participan en la vida política”. El Santo Padre nos recuerda que “la democracia es…una aventura moral, una prueba continua de la capacidad del pueblo para gobernarse de manera que se sirva el bienestar común y el bien de cada ciudadano. La sobrevivencia de una democracia dada depende no sólo de sus instituciones. sino aun más, en el espíritu que inspira e ilumina sus procesos para legislar, administrar y juzgar. En verdad, el futuro de la democracia depende de una cultura capaz de formar hombres y mujeres preparados para defender ciertas verdades y valores”. (12)

39. Al concluir este siglo estadounidense y acercarnos a una nueva era para nuestra nación y el mundo, creemos que el propósito de los Estados Unidos es de esperanza y mérito. En las palabras de Robert Frost, nuestra vocación es tomar “el camino menos transitado”, el camino de la libertad humana con raíces en la ley; una ley enraizada, a su vez, en la verdad sobre la santidad de la persona. Pero el futuro de una nación se decide por cada nueva generación. La libertad siempre implica la habilidad de escoger entre dos caminos: uno que lleva a la vida; el otro a la muerte (Dt 30:19). Ahora nos toca a nosotros escoger. Apelamos a todo el pueblo de Estados Unidos, especialmente a las autoridades, y entre ellos de manera especial a los católicos, para que comprendan la opción crucial ante nosotros. Urgimos a todas las personas de buena voluntad a que laboren con entusiasmo para lograr la transformación cultural que necesitamos, una verdadera renovación en nuestra vida pública a instituciones basada en la santidad de toda la vida humana. Y finalmente, igual que Dios confió su Hijo a María hace casi 2,000 años para la redención del mundo, concluimos esta carta hoy, confiando a María todos los esfuerzos de nuestra gente para dar testimonio auténtico al Evangelio de la vida en el foro público.

María, patrona de América, renueva en nosotros el amor por la belleza y santidad de la persona desde la concepción hasta la muerte natural; y al igual que to Hijo dio Su vida por nosotros, ayúdanos a vivir nuestra vida en servicio de los demás. Madre de la Iglesia, Madre de nuestro Salvador, abre nuestro corazón al Evangelio de la vida, protege nuestra nación, y haznos testigos de la verdad.

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