La relación entre este mundo y el siguiente






Para entender nuestra responsabilidad política, necesitamos entender la naturaleza del cielo, de la vida eterna, de nuestras actividades en el mundo venidero, y la relación que dichas actividades tienen con nuestras actividades en este mundo.

Algunas personas tienen miedo de ir al cielo. Sin embargo, tienen más miedo de la alternativa, por supuesto. Tal como debe ser. Pero el temor del cielo puede resultar de un mal entendimiento de frases tan comunes como “descanso eterno” y “por siempre”. En este mundo descansamos pero solo por un pequeño momento. Luego nos levantamos y queremos hacer algo. No nos sentimos inclinados a querer descansar para siempre.

Afortunadamente, eso no es lo que “descanso eterno” significa. El descanso eterno no es lo mismo que estar inactivo, sino que es alcanzar el objetivo por el cual uno es creado. Cuando alguien busca una educación superior, por ejemplo, se siente en “descanso” cuando logra graduarse. Eso no significa inactividad, sino que de hecho, el graduarse significa que lo pudo hacer tomando nuevas actividades que fueron necesarias tomar y emplear toda su experiencia, conocimiento y habilidades para llegar a ese gran momento de la graduación. En la próxima vida, seremos activos. De hecho, nuestra capacidad será muchísimo más grande de lo que es ahora. Habremos alcanzado el propósito para el cual fuimos creados, principalmente, en unión con Dios. No nos aburriremos. Cada momento del cielo será nuevo y sorprendente, puesto que siempre estaremos viendo y conociendo más a Dios de lo que lo conocimos o vimos en el pasado.

En la próxima vida, no seremos ángeles. Creemos en la resurrección del cuerpo, y del universo completo. “Esperamos un nuevo cielo y una nueva tierra…” (2Pe. 3:13) Dios nos creo como seres humanos, la perfecta unidad del cuerpo y el alma. La próxima vida será tan física como lo será espiritual. Se nos recuerda esto con el hecho del mismo Señor cuando comió un pescado después que resucitó de entre los muertos (véase Lc. 24: 36-43)

La organización de la sociedad en todas sus dinámicas políticas es buena, no hay nada malo en ello. Sin embargo, recordemos que lo bueno siempre tiene un mal entretejido, pero por la misma actividad salvadora, Dios purifica lo bueno; El no lo destruye. En la vida venidera, todo lo bueno de la Creación de Dios habrá sido purificado. Ese mundo no esta desconectado de este. Lo bueno que hagamos y cultivemos aquí, lo encontraremos de nuevo en el otro lado de la muerte.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Moderno (Gaudium et Spes) habla sobre la relación entre nuestra actividad en este mundo y el mundo venidero con las siguientes palabras:

“No sabemos, ni el momento de la consumación de la tierra y del hombre, ni la forma en la que el universo será transformado. Este mundo, distorsionado por el pecado, está pasando, y se nos muestra que Dios está preparando una nueva morada y una nueva tierra en la cual la justicia prevalecerá, cuya felicidad sobrepasará todos los deseos de paz de todos los corazones humanos juntos. Entonces una vez conquistada la muerte los hijos de Dios serán elevados en Cristo, y lo que una vez fue sembrado en la debilidad y el deshonor será revestido con lo imperecedero: La caridad y todas sus obras permanecerán por siempre y toda la Creación que Dios hizo para el hombre, será liberada de su esclavitud de perdición.”

” Hemos sido advertidos, por supuesto, en que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde él mismo. Lejos de reducir nuestra preocupación por el desarrollo de la tierra, la esperanza de la nueva tierra nos debe animar a seguir adelante, ya que aquí el cuerpo de la nueva familia humana crece, prefigurando de alguna manera la era que está por venir. Por ello, aunque debemos ser cuidadosos al distinguir progreso terrenal con la expansión del Reino de Cristo, dicho progreso es de vital importancia para el Reino de Dios, en cuanto pueda contribuir para el mejoramiento del orden de la sociedad humana.”

“Cuando hayamos propagado sobre la tierra los frutos de nuestra naturaleza y nuestros empeños, la dignidad humana, la comunión fraternal, y la libertad, de acuerdo al mandamiento del Señor, en Su Espíritu los encontraremos de nuevo, esta vez, limpios de la mancha del pecado, iluminados y transfigurados, cuando Cristo le presenta al Padre un Reino eterno y universal “de verdad y vida, un reino de santidad y gracia, un reino de justicia, amor y de paz.” En la tierra, este reino se encuentra presente de manera misteriosa; cuando El Señor venga, el Reino entrará en Su perfección.” (GS 39)

La religión a veces ha sido criticada por enfocar mucho la atención de la gente en la promesa del mundo venidero, descuidando así el mejoramiento y desarrollo de este mundo. Sin embargo, esto indica que nuestra creencia en el cielo nos debe hacer aun más atentos con la tierra. El hecho de que sabemos que el ser humano vivirá para siempre significa que necesitamos cuidarlos desde ahora. El bien que hagamos en esta sociedad terrenal, se convierte en el fundamento del mundo venidero. Todo es un obsequio de Dios el cual alcanza su perfección con la venida de Cristo, sin embargo tenemos una participación real al preparar esa realidad.

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