La viña le pertenece a El






 

 

 

 

 

Juan le dijo: “Maestro, hemos visto a uno que expulsaba demonios en tu nombre y no viene con nosotros y tratamos de impedírselo porque no venía con nosotros.” Pero Jesús dijo: “No se lo impidáis, pues no hay nadie que obre un milagro invocando mi nombre y que luego sea capaz de hablar mal de mí. Pues el que no está contra nosotros, está por nosotros.” (Marcos 9:38-40)

El ministerio en la viña del Señor es un privilegio. Estamos acostumbrados a escuchar que la viña le pertenece a El; es su obra, su pueblo, su Iglesia, y su “feudo.” Por supuesto, eso no significa que no sea nuestro; algo que a veces olvidamos. Queremos “poseer” nuestro trabajo y estamos siempre listos a “defender nuestro feudo o nuestra quinta” contra aquellos que, de acuerdo a nuestro criterio, se están entrometiendo.

Esta tendencia tan común de nuestra naturaleza humana caída es evidente en el pasaje de la Escritura que cité al comienzo. Juan y los otros apóstoles trataron de prevenir que alguien expulsara demonios. ¿Por que rayos lo hacían? ¿Acaso no es bueno expulsar demonios? ¿No queremos expulsar la mayor cantidad posible? Por supuesto que sí.

El problema era que este hombre anónimo no trabajaba en la misma oficina que Juan y el resto de los apóstoles. Pertenecía a una organización diferente. Los apóstoles cayeron en la trampa de las “guerras feudales.” Olvidaron que el Señor es soberano, que el Espíritu se mueve donde quiere, y que no se puede encarcelar la Palabra del Señor. Estamos llamados a hacer el trabajo de Dios, no controlamos el trabajo de Dios.

En el Antiguo Testamento aparece la misma tentación de desarrollar “guerras feudales.”

Moisés… reunió a setenta ancianos del pueblo y los puso alrededor de la Tienda. Bajó el Señor en la Nube y le habló. Luego tomó algo del espíritu que hablaba en él y se lo dio a los setenta ancianos. Y en cuanto reposó sobre ellos el espíritu, se pusieron a profetizar… Habían quedado en el campamento dos hombres, una llamado Eldad y el otro Medad. Reposó también sobre ellos el espíritu, pues aunque no habían salido a la Tienda, eran de los designados. Y profetizaban en el campamento. Un muchacho corrió a anunciar a Moisés: “Eldad y Medad están profetizando en el campamento.” Josué, hijo de Nun, que estaba al servicio de Moisés desde su mocedad, respondió y dijo: “Mi señor Moisés, prohíbeselo.” Le respondió Moisés: ¿Es qué estás tú celoso por mí? ¡Quién me diera que todo el pueblo del Señor profetizara porque el Señor les daba su espíritu! (Números 11:24-29).

Jesús y Moisés nos enseñan que cuando hay verdadero liderazgo somos lo suficientemente humildes para encomiar el trabajo del Señor aún cuando se haga a través de canales y estructuras distintas de las que nosotros controlamos. Los verdaderos líderes no se sienten amenazados cuando otros que no están bajo su autoridad directa hacen el mismo tipo de trabajo. Se alegran, en cambio, porque más que recibir halagos les interesa que se haga el trabajo. Y confían que el Señor sabe más que ellos.

P. Frank Pavone

Director Nacional, Sacerdotes Por la Vida

 

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