Omisión grave






En la tradición moral católica el pecado de omisión consiste en dejar de practicar la caridad en un caso en que era necesario hacerlo.  El mejor de los ejemplos Jesús nos lo mostró con la hermosa parábola del Buen Samaritano (San Lucas 10 25-37).  Según el pasaje evangélico un hombre fue dejado herido en un camino por unos ladrones que lo habían robado.   Jesús nos narra como por el lugar pasaron los “sacerdotes” de la época y no le ayudaron.  Omitieron practicar la caridad con el herido del camino.  Vale decir, además, que Jesús presenta a quien ayuda al herido  como un samaritano, es decir, alguien que no era practicante de la religión judía.

Digamos algo más de la doctrina católica sobre el pecado.  El pecado se define como una ofensa hecha a Dios.  También existen  los pecados llamados graves que rompen nuestra comunión con Dios, y los pecados veniales que van minando nuestra comunión con Dios pero que no llegan a romperla del todo.  Obviamente que no existe un “pecadímetro” para medir los “grados” del pecado  y al final solamente Dios puede juzgar realmente lo que hay en el corazón del hombre, porque, como además sabemos por  teología moral, existen circunstancias que pueden atenuar la responsabilidad de la persona hasta el punto de incluso llegar a desaparecer la ofensa a Dios, aunque el acto, el pensamiento u la omisión sea en sí objetivamente mala.

Un prerrequisito fundamental para pecar es haber alcanzado una madurez mínima como para tener la posibilidad de diferenciar el bien del mal.  También es parte de nuestra tradición moral católica que para que exista el pecado deben cumplirse tres requisitos: 1. Qué el acto, el pensamiento o la omisión vaya en contra de uno o varios de los 10 mandamientos; 2. Que la persona no tenga dudas sobre que lo que va hacer, pensar u omitir va en contra de uno o varios de los 10 mandamientos y, finalmente, 3.  Qué sabiendo que va en contra de uno o varios de los 10 mandamientos y, no tenga dudas al respecto,  cometa el pecado.

Jesús cuando habla de la parábola del Buen Samaritano se la está dirigiendo en,  primerísimo lugar, a los “especialistas en religión de su tiempo” –los sacerdortes, los escribas y fariseos-, que habían llegado a colocar el acento en el cumplimiento de las normas externas, dejando de lado lo más importante que es la caridad hacia el prójimo. ¿Por qué Jesús hace esto?  Porque somos precisamente los sacerdotes –que conste que me lo digo a mi mismo el primero-, los que debemos ser ejemplo de la vivencia de la caridad.  Pero también Jesús realiza esta denuncia profética porque los sacerdotes al ser los “especialistas” en la Palabra de Dios, debían y deberíamos saber que la caridad hacia el prójimo siempre será la primera norma religiosa a cumplir para todo cristiano, pero en primer lugar para los sacerdotes.

Hoy en los Estados Unidos están programados para ser abortados más de de 3300 bebés.  Algunos de estos bebés serán quemados por químicos, otros desmembrados y otros simplemente succionados por una aspiradora hasta que su corazón deje de latir.  El llamado aborto por nacimiento parcial es de los más horrorosos.  El cuerpo del bebé se saca y se le deja la cabeza del hijo dentro de su madre, entonces se procede a descerebrarlo y –como no ha nacido técnicamente-  sigue siendo un “acto de libertad” de la madre.  Al contrario, es el acto de mayor esclavitud del alma de los todos los involucrados en tan vil asesinato.

Me pregunto si Jesús nos presentaría a los sacerdotes de nuestro tiempo –y a todos los que nos consideremos personas religiosas, creyentes o hombres de buena voluntad-  la parábola del Buen Samaritano identificando a ese herido del camino, a ese hermano en necesidad,  con los bebés no nacidos creciendo en el vientre de sus madres y con fecha fija en el calendario para su ejecución.

Respondiendo a la pregunta creo que Jesús sí haría esta aplicación de la parábola a los bebés que están con la cita para ser abortados.  Los sacerdotes debemos preguntarnos  si   estamos haciendo lo posible cada uno de nosotros, desde nuestros ministerios pastorales específicos,  para proteger a los bebés por nacer y a las madres embarazadas.  Los formadores de seminarios  e instituciones religiosas y sus profesores a nivel universitario, mostrándoles a los estudiantes la urgencia pastoral de acabar con este holocausto.  Los párrocos, creando el comité pro vida parroquial y animando personalmente e invitando a unirse a las actividades organizadas por el comité a toda la comunidad.

Lo dicho de los párrocos se puede aplicar a todos los directores de instituciones educativas católicas a todo nivel.  Obviamente que los garantes de que esto se cumpla y, los últimos responsables  de la posible “omisión grave de los cristianos”, en este caso urgente de los bebés con fecha de para ser abortados,  está en nuestros obispos.

Muchos argumentan que hay que atender en primer lugar a los pobres en la evangelización de la Iglesia.  La Madre Teresa, profeta de nuestro tiempo,  nos enseñó que el extremo de los más pobres entre los pobres son los bebés no nacidos.

A los católicos los invito a que hagamos un examen de conciencia serio si estamos realizando el acto de caridad de proteger a los bebés no nacidos y a sus  madres desde la realidad de nuestras vocaciones específicas, o si necesitamos confesar este pecado grave de omisión en nuestra próxima cita con nuestro confesor.

P. Victor Salomón

Director De Apostolado Hispano

Sacerdotes Por la Vida

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