Parte II La separación entre Dios y Estado






 

 

 

 

 

 

 

 

“El Evangelio de la vida debe ser proclamado, y la vida humana defendida, en todo tiempo y en todo lugar. El campo de acción para la responsabilidad moral incluye no solo los corredores del gobierno sino también las urnas electorales. Las leyes que permiten el aborto, la eutanasia y el suicidio asistido son profundamente injustos, y debemos luchar por medios pacíficos sin descanso para oponernos a ellas y cambiarlas. Porque son injustas, no pueden obligar a ningún ciudadano a ir en contra de su conciencia, apoyarlas, aceptarlas o reconocerlas como válidas.” (Obispos de Estados Unidos, Viviendo el Evangelio de la Vida, 1998 N.33)

“Parecen existir dudas sobre si la relación cercana entre la actividad humana y la religión, ponen en peligro la autonomía del hombre, de organizaciones y de la ciencia. Si por la “autonomía de cuestiones terrenales” se refiere al descubrimiento gradual, y el ordenamiento de leyes y valores de la sociedad, entonces la demanda por autonomía está perfectamente en orden: es el reclamo del hombre moderno y el deseo del Creador…Sin embargo, si por la frase “autonomía de asuntos terrenales” se refiere a que los materiales no dependen de Dios y que el hombre los puede usar como si no tuvieran relación alguna con su creador, entonces la falacia de dicho reclamo sería obvia para cualquiera que cree en Dios. Sin su creador, no puede existir la criatura. De cualquier modo, sin importar su religión, los creyentes siempre han reconocido la voz y la revelación de Dios en el lenguaje de las criaturas. De todos modos, una vez se pierde de vista a Dios, también la criatura se pierde de vista.” (Gaudium et Spes, N. 65)

Juan Pablo II escribió en su encíclica El Evangelio de la Vida, “la democracia no puede ser idolatrada al punto de sustituir la moralidad con la inmoralidad. Fundamentalmente, la democracia es un “sistema” y como tal es un medio y no el fin. Su valor “moral” no es automático pero depende de su conformidad con la ley moral, así como toda forma de comportamiento humano debe ser sometido; en otras palabras, su moralidad depende de la moralidad de los fines que busca y los medios que se utilizan. Si hoy vemos un consenso casi universal con respecto al valor de la democracia, se debe considerar una muestra positiva de los tiempos, como lo ha notado frecuentemente el Magisterio de la Iglesia. Pero el valor de la democracia se mantiene o se desploma según los valores que adopta y promueve. Por supuesto que los valores como la dignidad de cada ser humano como persona, el respeto a los derechos humanos, y la adopción de “el bien común” como fin y criterio para regular la vida política, son ciertamente fundamentales y no deben ser ignorados.” (EV 70)

En otras palabras, algunas cosas necesitan estar más allá del alcance de la mayoría porque ellos personifican los valores que una sociedad necesita para sobrevivir, y que nadie tiene el derecho de ignorar o rechazar. Ninguna mayoría puede convertir lo malo en aceptable.

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