Parte I La separación entre Dios y Estado






Tanto el pasaje del Primer libro de Samuel como el del Evangelio según San Mateo, enseñan lo que el Concilio Vaticano II cubre en gran detalle, principalmente que la separación de Iglesia y Estado no significan una separación de Dios y de Estado. Si se separa el Estado de Dios, el Estado se desintegra. La Iglesia no tiene una misión política, sin embargo sí tiene una responsabilidad política: Dar testimonio de las verdades morales sin las que el bien común, el cual es el propósito de la institución de los gobiernos, no podría sobrevivir. Estas verdades morales son básicas y van más allá de los límites de creencias de cualquier denominación. Debido a que son verdades, deben darle formar la política pública.

No son solo los individuos los que tienen la obligación de obedecer a Dios sino que también los gobiernos.

Los Cristianos tienen el deber de ser activos en la política, registrarse, votar, presionar y educar a los candidatos y oficiales electos, y hablar sobre los temas que afectan el bien común. La Iglesia no instala urnas electorales, pero cuando uno va a votar, no dejamos de ser miembros de la Iglesia. Si no reestructuramos la política pública de acuerdo a las verdades morales, ¿porqué creer entonces en las verdades morales?

El tiempo ha llegado, el reto está presente. Ya no debemos pensar que la religión es pura “cuestión privada”. Cristo enseñó en público y fue crucificado en público. Ahora, resucitado, nos coloca en la arena pública, con la misión de hacer discípulos a todas las naciones (Mt. 28: 18-20) Ojalá no le fallemos ni a Dios ni a nuestra nación.

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