Parte IV La separación entre Dios y Estado






La verdad es que el movimiento pro-vida no busca imponer por ley ninguna religión o creencia teológica, ya sea sobre el alma o de cualquier cosa. Dicho esfuerzo es tanto innecesario como equivocado.

Supongamos por ejemplo que yo no creo que tengas alma. ¿Me da esto el derecho de asesinarte? No. Tu vida es protegida por la ley, sin importar mis creencias. ¿Acaso, la ley que protege tu vida me exige a creer que tu tienes el alma? No. Ni siquiera me pide que crea que el alma existe. Lo que sí me exige es que cualquier cosa que yo crea, no se debe tomar la vida de otro. La ley protege tanto al derecho de creer como a la vida del creyente.

Eso es lo que el movimiento pro-vida desea. Simplemente deseamos la protección de todos los seres humanos.

Si alguien no cree que el niño en el vientre de la madre tiene alma, es su prerrogativa. Pero decir que no cree que tenga alma a decir que debe ser legal el asesinato de ese niño, es tan injusto como decir que porque yo no creo que tu tienes alma, que debería ser legal asesinarte. A la ley no le interesan las creencias, sino que regula las acciones.

El criterio de la ley en cuanto a quién recibe protección debería ser por medio de evidencia producida por ciencia y debe ser verificable. No basándose en el criterio subjetivo de creencias religiosas. Existe lo que es verdad religiosa. Pero si un bebé vive o muere no debe depender en que toda la sociedad haya reconocido esa verdad. La vida humana necesita ser protegida ahora. La libertad de “no creer” nunca debe ser confundida con la libertad de destruir a otros.

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