Tercer día del Retiro (Amor-Entrega)






En la Eucaristía

Después que la asamblea con solemne aclamación ha respondido « Amén », el celebrante entona el « Padre nuestro », la oración del Señor. La sucesión de estos momentos es muy significativa. El Evangelio cuenta de los Apóstoles que, impresionados por el recogimiento del Maestro en su coloquio con el Padre, le pidieron: « Señor, enséñanos a orar » (Lc 11, 1). Entonces, Él pronunció por primera vez las palabras que serían después la oración principal y más frecuente de la Iglesia y de todos los cristianos: el « Padrenuestro ». Cuando en la celebración eucarística hacemos nuestras, como asamblea litúrgica, estas palabras, cobran una elocuencia particular. Es como si en aquel instante confesásemos que Cristo nos ha enseñado definitiva y plenamente su oración al Padre cuando la ha ilustrado con el sacrificio de la Cruz.

Es en el contexto del sacrificio eucarístico donde el « Padrenuestro », recitado por la Iglesia, expresa todo su significado. Cada una de sus invocaciones cobra una especial luz de verdad. En la cruz el nombre del Padre es « santificado » al máximo y su Reino es realizado irrevocablemente; en el «consummatum est » su voluntad llega a su cumplimiento definitivo. ¿No es verdad que la petición « perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos… », es confirmada plenamente en la palabras del Crucificado: « Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen » (Lc 23, 34)? Además, la petición del pan de cada día se hace aún más elocuente en la Comunión eucarística cuando, bajo la especie del « pan partido », recibimos el Cuerpo de Cristo. Y la súplica « no nos dejes caer en la tentación, y líbranos del mal », ¿no alcanza su máxima eficacia en el momento en que la Iglesia ofrece al Padre el precio supremo de la redención y liberación del mal?

CARTA DEL SANTO PADRE
JUAN PABLO II
A LOS SACERDOTES
PARA EL JUEVES SANTO DE 1999

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