Vivir El Evangelio De La Vida: Reto a los Católicos de Estados Unidos






I. El siglo de EE.UU.

Vuestro país está en el pináculo del escenario del mundo
como ejemplo de una sociedad democrática en un estado de
desarrollo avanzado. El poder de su ejemplo lleva consigo
grandes deberes. ¡America, usádlo bien!

PAPA JUAN PABLO II, NEWARK, 1995

Cuando Henry Luce publicó en 1941 su llamado para el “siglo” de EE.UU., no se imaginó cuán superior a su sueño sería la realidad. Luce anticipaba que los “ingenieros, científicos, médicos… constructores de carreteras y maestros” de Estados Unidos se dispersarían par todo el globo para promover el triunfo económico de los ideales estadounidenses: “amor por la libertad, búsqueda de oportunidades de calidad, tradición de confianza en sí a independencia y también cooperación”.(1) Esto, y mucho más, ha ocurrido en las décadas desde que los logros económicos de Estados Unidos han remodelado el mundo. Pero la nobleza del experimento estadounidense mana de sus principios fundamentales, no de su poder comercial. En este siglo solamente, cientos de miles de estadounidenses han muerto en defensa de esos principios. Cientos de miles más han dedicado su vida al servicio de esos mismos principios-tanto aquí como en otros continentes- enseñando, asesorando y proporcionando ayuda humanitaria a gente necesitada. El Papa Juan Pablo II ha notado: “En el centro de la visión moral de los documentos fundadores (de Estados Unidos) está el reconocimiento de los derechos de la persona humana…”. La grandeza de Estados Unidos estriba “especialmente [en su] respeto por la dignidad y santidad de la vida humana en todas sus condiciones y en todas las etapas de su desarrollo”.(2)

2. La nobleza del espíritu estadounidense persiste hoy día en aquellos que luchan por la justicia social e igualdad de oportunidades para los desaventajados. Estados Unidos ha logrado éxito, porque cuando actúa según sus mejores principios, representa su compromiso con la libertad, los derechos humanos y la dignidad humana. Es por eso que el Santo Padre nos dice: ” [Como] estadounidenses, vosotros tenéis motivos para sentiros orgullosos de los logros extraordinarios de vuestro país”.(3)

3. Pero el triunfo a veces lleva consigo las semillas del fracaso. El poderío económico y militar ha llevado muchas veces a graves injusticias en el extranjero. Aquí en casa, ha dado cabida a la complacencia, la indiferencia y a los excesos del consumismo. Demasiada confianza en nuestro poderío que se aumenta con los avances en la ciencia y la tecnología, ha creado la impresión de una vida sin límites naturales y hechos sin consecuencia. Las normas del mercado, en vez de estar guiadas por una moral justa, amenazan con desplazarla. Estamos ante la reestructuración gradual de la cultura estadounidense según el utilitarismo, la productividad y el lucro. Es una cultura en que las cuestiones morales se sumergen en un río de bienes y servicios y donde el mal uso de las relaciones mercantiles y públicas subvierten la vida pública.

4. Los perdedores en este gran cambio ético serán los ancianos, los minusválidos y los marginados políticamente. Ninguno de esos grupos pasa la prueba de ser útiles, aunque al menos hacen acto de presencia. Tienen la posibilidad de organizarse para ser escuchados. Los que no han nacido, los enfermos y desahuciados ni siquiera tienen esa ventaja. No tienen ninguna “utilidad,” y peor aún, no tienen voz. Mientras jugamos con el inicio, el final y hasta la estructura más íntima de las células vitales, estamos jugando con nuestra propia identidad como nación libre, dedicada a la dignidad de la persona humana. Cuando la vida política de los estadounidenses se convierte en un experimento con la gente en vez de por y para ella, no valdrá la pena continuarlo. Se puede argumentar que nos estamos acercando cada vez más a ese día. Hoy, cuando se proclaman los derechos inviolables de la persona y se afirma públicamente el valor de la vida, el derecho humano más básico “el derecho mismo a la vida, queda prácticamente negado y conculcado, en particular en los momentos más emblemáticos de la existencia, como son el nacimiento y la muerte” (el Papa Juan Pablo II, El Evangelio de la Vida [Evangelium Vitae], no. 18).

5. La naturaleza y urgencia de esta amenaza no se debe mal interpretar. Respeto por la dignidad de la persona exige comprometerse con los derechos humanos de amplios sectores: “Tanto por ser estadounidenses y seguidores de Cristo, los católicos de Estados Unidos deberán estar comprometidos a defender la vida en todas sus etapas y condiciones”.(4) La cultura de la muerte se extiende más allá de nuestras fronteras: hambre y desnutrición, privación de cuidados de la salud y de desarrollo alrededor del mundo, la violencia mortal de conflictos armados y el escandaloso mercado de armas que esos conflictos producen. Nuestra nación es testigo de la violencia doméstica, la diseminación de narcóticos, la actividad sexual que amenaza a la vida, y la manipulación descuidada del balance ecológico del mundo. Respeto por la vida humana nos llama a defender la vida de estas y de otras amenazas. Nos llama también a mejorar las condiciones para la vida humana ayudando a proporcionar alimento, techo y empleo adecuado, empezando con los más necesitados. Vivimos el Evangelio de la vida cuando vivimos en solidaridad con los pobres del mundo, defendiendo su vida y su dignidad. Pero aún así, el aborto y la eutanasia se han convertido en amenazas constantes a la dignidad humana porque atacan directamente a la vida misma, el más fundamental de los bienes humanos y la condición para todos los demás. Se cometen en contra de los más débiles e indefensos, los que son verdaderamente “los más pobres de los pobres”. Se les apoya con más frecuencia sin el velo de eufemismos, cuando los que favorecen el aborto y la eutanasia reconocen libremente que esos son matanzas aun en medio de sus campañas para promoverlos. Desafortunadamente, se practican en esas comunidades que ordinariamente ofrecen un refugio a los débiles -la familia y los profesionales de la medicina. Tales ataques directos a la vida humana, que una vez se consideraban delitos, son legitimados por los gobiernos, que profesan proteger a los débiles y marginados.

6. No tiene que ser así. Dios, Padre de todas las naciones, ha bendecido al pueblo estadounidense con un gran espíritu de bondad. También agració a sus fundadores con la sabiduría para establecer estructuras políticas que permitan a todos los ciudadanos participar en promover los derechos inalienables de todos. Como estadounidenses, como católicos y como pastores de nuestro pueblo, escribimos hoy para llamar a nuestros compatriotas y ciudadanos a los principios en los que descansa nuestro país, y de manera especial, para renovar nuestro respeto nacional por los derechos de aquellos que no han nacido, de los débiles, los minusválidos y los desahuciados. La verdadera libertad descansa en la naturaleza inviolable de cada persona como hijo o hija de Dios. El valor sagrado de cada vida humana, en cada una de sus etapas y en todas las circunstancias, no es un asunto sectario de la misma manera que tampoco la Declaración de la Independencia es un credo sectario.

7. De manera especial, llamamos a los católicos de EE.UU., sobre todos a los dirigentes -ya sean culturales, económicos o políticos-a recuperar su identidad como seguidores de Jesucristo y a ser líderes en la renovación del respeto estadounidense por la santidad de la vida. “Ciudadanía” en el trabajo del Evangelio es también una garantía segura de ciudadanía responsable en los asuntos cívicos estadounidenses. Cada católico, sin excepción, debe recordar que ha sido llamado por el Señor a proclamar su mensaje. Algunos lo proclaman con palabras, algunos con obras y todos con su buen ejemplo. Pero cada creyente comparte la responsabilidad del Evangelio. Cada católico es un misionero de la Buena Nueva de la dignidad humana redimida por la Cruz. Aunque nuestra vocación personal determine la forma y estilo de nuestro testimonio, Jesús llama a cada uno de nosotros a ser levadura de la sociedad, y por tanto seremos juzgados por nuestras acciones. Nadie, muchos menos alguien que está en un puesto de liderazgo en nuestra sociedad, puede justamente considerarse un católico practicante si actúa de manera contraria a su fe.

8. Nuestra actitud hacia la santidad de la vida en estos últimos años del “siglo de EE.UU.” tendrá mucho que decir sobre nuestro verdadero carácter como nación. También moldeará el diálogo sobre la santidad de la vida humana en el próximo siglo, porque lo que suceda aquí, en nuestra nación, tendrá consecuencias mundiales. La tecnología, las microplaquetas, las fibras ópticas, los satélites y las maneras de pensar y de divertirse de los EE.UU. son los principales constructores de la red neural que moldea la mentalidad global. Lo que los EE.UU. ha impreso indeleblemente en la cultura mundial es su espíritu. Y la ambigüedad de ese espíritu es la razón por la cual, en 1995, el Papa urgió a los estadounidenses con tanto empeño: “Es un asunto vital para la familia humana”, él dijo, “que al continuar buscando avances en muchos campos diferentes -ciencia, negocios, educación y arte, y donde quiera que su creatividad les Ileve- EE.UU. deberá mantener la compasión, la generosidad y el cuidado de los demás en el corazón de sus esfuerzos”.(5 ) Eso no será una tarea fácil.

Leave a Comment

*