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¿Tarjeta roja?

 

P. Victor Salomón
Director Internacional de Apostolado Hispano, Sacerdotes por la Vida

   
  Monday, December 05, 2011

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En el argot futbolístico –o del soccer como se le conoce aquí en los Estados Unidos diferenciándolo del futbol americano-, cuando el árbitro saca una tarjeta roja significa que el jugador queda expulsado del juego porque ha cometido una falta muy grave.

 

 

Pensemos por un momento en el siguiente escenario. Un candidato a la presidencia de la republica de un país se declara abiertamente a favor del racismo y de la supremacía blanca. O un candidato que abiertamente se muestre en desacuerdo con la participación de la mujer en la vida de los estudios y del trabajo. Me pregunto y les pregunto. ¿No sería cualquiera de ellas una razón suficiente para “sacarle tarjeta roja” a este candidato y no votar por él en las elecciones? Alguno hasta podría pensar que lo descalificaría, incluso, para lanzarse como candidato.

 

 

No podemos ser ingenuos y pensar que por el solo hecho de que un candidato sea pro vida automáticamente esto le convierte en la mejor opción presidencial. Obviamente la respuesta es no. Es necesario evaluarlo en otras dimensiones de su persona y experticia de la administración pública y de la política en general.

 

 

Respondiendo a la pregunta que nos hemos hecho más arriba pienso que la respuesta es afirmativa. Obviamente hay posiciones ideológicas que son incompatibles con el ejercicio político que tiene como objetivo ser garante del Bien Común. Hoy, gracias a Dios y a la sangre derramada por muchos, es un hecho cultural mayoritariamente aceptado que, por ejemplo, sea impensable un candidato abiertamente racista. Pero debemos dar un paso más.

 

 

¿Cómo un político que no defiende el derecho a la vida de los seres humanos más vulnerables, que son los no nacidos, podrá defender la vida de los demás ciudadanos?

 

 

Directamente relacionado con esta idea veamos lo que el Beato Juan Pablo II escribió.

 

 

“El efectivo reconocimiento de la dignidad personal de todo ser humano exige el respeto, la defensa y la promoción de los derechos de la persona humana. Se trata de derechos naturales, universales e inviolables. Nadie, ni la persona singular, ni el grupo, ni la autoridad, ni el Estado pueden modificarlos y mucho menos eliminarlos, porque tales derechos provienen de Dios mismo.

 

 

La inviolabilidad de la persona, reflejo de la absoluta inviolabilidad del mismo Dios, encuentra su primera y fundamental expresión en la inviolabilidad de la vida humana. Se ha hecho habitual hablar, y con razón, sobre los derechos humanos; como por ejemplo sobre el derecho a la salud, a la casa, al trabajo, a la familia y a la cultura. De todos modos, esa preocupación resulta falsa e ilusoria si no se defiende con la máxima determinación el derecho a la vida como el derecho primero y fontal, condición de todos los otros derechos de la persona.” Exhortación Post Sinodal Christifideles Laici 38.

 

 

En los tiempos que nos ha tocado vivir se ha hecho parte de la cultura que se vea como normal que un candidato pueda aspirar a un cargo público y a la vez apoyar la matanza de bebés, bajo los eufemismos de “derecho a elegir” o“promoción de la salud reproductiva de la mujer”.

 

 

Todos debemos seguir trabajando duro para construir la cultura de la Vida en la cual llegue a ser lo normal, que a un candidato que aspire al servicio de gobierno en la política sea impensable que apoye el aborto. Debemos llegar al punto que sea la cultura misma le que le saque “tarjeta roja” a sus aspiraciones.

   
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