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El aborto y la Corte Suprema: Fomento de la cultura de la muerte

 

United States Conference of Catholic Bishops (USCCB)

   
  Wednesday, November 15, 2000

   
 

15 de noviembre de 2000

En 1973, las decisiones Roe v. Wade y Doe v. Bolton de la Corte Suprema de los EE.UU. iniciaron en toda la nación la legalización del aborto por petición. Al negar a los niños no nacidos protección durante todo el curso del embarazo, esas decisiones asestaron un golpe mortal al derecho humano más básico – el derecho a la vida.

En su decisión Casey de 1992 la Corte no pudo lograr una mayoría que apoyara la perspectiva de que Roe y Doe habían sido decididas correctamente. Aún así, la opinión del grupo en control insistió que aunque esas decisiones fuesen equivocadas, deberían ser sostenidas porque los estadounidenses han creado un estilo de vida que depende de la accesibilidad del aborto.

No es posible concebir una acusación más condenable de la creciente brutalización de nuestro carácter como nación por los efectos de Roe. Esta decisión ha fomentado la creación de una cultura del aborto:

  • en la que tantos estadounidenses buscan la destrucción de una vida inocente como respuesta a sus problemas personales, sociales y económicos;
  • que anima a tantos jóvenes a no asumir responsabilidad por el cuidado de niños que ellos ayudaron a crear y a ser desleales a las madres de esos niños;
  • en la que hombres que sienten responsabilidad por sus hijos son impedidos a protegerlos;
  • cuyas víctimas no sólo incluyen a los no nacidos sino también las incontables miles de mujeres que han sufrido física, emocional y espiritualmente a causa de los efectos letales del aborto;
  • en la que padres, abuelos, hermanos y familias enteras sufren y son cambiadas para siempre por la pérdida de un niño.
Los principios de Roe y Doe también se han usado para cuestionar el derecho a la vida de niños no nacidos que tienen incapacidades físicas y de adultos con enfermedades graves. En 1997 la Corte negó el "derecho" constitucional al suicidio asistido, al darse cuenta, tal vez, que sus razones legales para permitir el aborto deberán ser contenidas para evitar un deterioro aún mayor a la protección de la vida después del nacimiento.

Sin embargo, toda esperanza para que la Corte reverse la ley del aborto fue destrozada este año. En Stenberg v. Carhart, la mayoría de cinco jueces decretó que hasta infligir la muerte a un niño casi nacido vivo es una protección de lo que la Corte llamó el "derecho de la mujer a escoger".

Esta decisión ha llevado nuestro sistema legal al borde del endoso del infanticidio. Ya la Liga de Acción Nacional para el Derecho al Aborto y a la Reproducción ha usado esta expansión de la lógica de la decisión de Roe para atacar los esfuerzos congresistas de reafirmar que un niño que ha nacido vivo es una persona legal. Tal regla, dijo este grupo, está "directamente en conflicto con Roe", que "claramente especifica que las mujeres tienen el derecho a escoger antes de la viabilidad del feto". El eufemismo del "derecho a escoger", que se usa rutinariamente para evitar la mención del aborto, se usa ahora para justificar las matanzas fuera del vientre también.

En última instancia la cuestión no es sobre "cuando se inicia la vida", ni exclusivamente sobre el aborto. La medicina moderna nos ha llevado a un encuentro cara a cara con el continuo que es la vida humana desde el momento de la concepción hasta su fin, y de la ineludible realidad de la vida humana en el vientre. Sin embargo, nuestro sistema legal, y por consecuencia nuestra cultura nacional, están siendo presionados a declarar que la vida humana no es de valor intrínseco, que el valor de la vida humana puede ser asignado por los poderosos y que la protección de los vulnerables está sujeta a los opciones arbitrarias de otras personas. La vida de todos aquellos que son marginados por nuestra sociedad peligra gravemente a causa de esta tendencia.

En nuestra posición como dirigentes religiosos, sabemos que la vida humana es el primer don de un Padre amoroso y la condición para todos los demás bienes terrenos. Sabemos que ningún gobierno humano puede negar legítimamente el derecho a la vida ni restringirlo a ciertas clases de seres humanos. Por tanto la decisión de la Corte sobre el aborto merece sólo la condenación, el repudio y en último análisis la abolición.

Como ciudadanos de los Estados Unidos, deploramos el hecho de que nuestra nación corra el riesgo de olvidar la promesa que hace nuestra Declaración de Independencia a las generaciones aún por nacer: que esta nación respetará la vida como el primero de los derechos inalienables concedidos por nuestro Creador. Para sostener esa promesa, los padres fundadores de la nación empeñaron su vida, su fortuna y su honor sagrado. Nosotros no podemos hacer menos.

Nos comprometemos nuevamente a la larga y difícil tarea de dar marcha atrás a las decisiones de la Corte Suprema sobre el aborto -- Stenberg v. Carhart y también Roe v. Wade, que sentaron las bases para la destrucción de la vida inocente. Invitamos a todas las personas de buena voluntad a explorar con nosotros las avenidas para la reforma legal, incluyendo una enmienda constitucional.

Para edificar la cultura de la vida en nuestra sociedad también se requerirán esfuerzos que vayan más allá de la reforma legal. Volvemos a dedicar nuestra Iglesia a la educación, la defensa de las políticas públicas, el cuidado pastoral y la ferviente oración por la causa de la vida humana, como fue articulada en nuestro Plan Pastoral para las Actividades Pro-Vida. Al hacerlo así, esperamos poner fin a la cultura del aborto en nuestra sociedad. En las palabras del Papa Juan Pablo II, esperamos y rezamos "para que se instaure finalmente en nuestro tiempo, marcado por tantos signos de muerte, una cultura nueva de la vida, fruto de la cultura de la verdad y del amor" (El Evangelio de la Vida, 77).

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