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Pena de Muerte para Inocentes

 

Fr. Frank Pavone
National Director of Priests for Life

   
  Monday, July 12, 2004

   
 

Desde el comienzo de mi ministerio, he enseñado y predicado consistentemente contra la pena de muerte. (Veáse www.priestsforlife.org/deathpenalty). No creo que deba aplicarse y me he sumado a los esfuerzos por abolirla.

Sin embargo hay una diferencia entre la pena capital y el aborto. Sencillamente, el aborto no puede justificarse nunca, la pena capital puede justificarse a veces. El aborto es intrínsecamente malo, lo que significa que ninguna circunstancia lo puede hacer bueno. La pena capital, en cambio, es mala cuando se aplica en las circunstancias equivocadas, pero a veces puede utilizarse en circunstancias adecuadas.

La pena capital nunca puede dictarse a una persona inocente. Eso sería contrario a su misma definición. El aborto, por otra parte, siempre se aplica a una persona inocente. De lo contrario contradeciría su misma definición.

En aquellas circunstancias infrecuentes que la justifican, la pena de muerte, se sanciona precisamente para defender la vida. El aborto, en cambio, se practica precisamente para destruir la vida.

Hay una diferencia sustancial entre un niño pequeño, creciendo en su ambiente natural, y un criminal condenado que constituye una amenaza para el bien de la sociedad. Sin embargo en los Estados Unidos el número de niños asesinados por abortos en cinco días es mayor que el de todas las personas ejecutadas por la pena capital.

La Biblia, y 2000 años de enseñanza católica reconocen el derecho y el deber del estado de proteger a sus ciudadanos, aún recurriendo a la fuerza. El capítulo 13, versículos 1 a 5 de la carta a los Romanos dice:

"Que cada uno se someta a las autoridades establecidas, pues toda autoridad procede de Dios; él ha establecido las que existen... Los gobernantes no infunden miedo a los que obran bien, sino a los malhechores...Pero si obras mal teme, que no en vano empuña la espada. Es ministro de Dios para aplicar el castigo al malhechor."

En su encíclica El Evangelio de la Vida, Juan Pablo II establece una distinción clara entre un "no" práctico a la pena de muerte y un "no" absoluto al aborto. Con relación a la sanción de los malhechores por el estado, afirma que "la medida y la calidad de la pena deben ser valoradas y decididas atentamente, sin que se deba llegar a la medida extrema de la eliminación del reo salvo en casos de absoluta necesidad, es decir, cuando la defensa de la sociedad no sea posible de otro modo. Hoy, sin embargo, gracias a la organización cada vez más adecuada de la institución penal, estos casos son ya muy raros, por no decir prácticamente inexistentes". (56)

Y posteriormente distingue y afirma que "si se pone tan gran atención al respeto de toda vida, incluida la del reo y la del agresor injusto, el mandamiento "no matarás" tiene un valor absoluto cuando se refiere a la persona inocente". (57)

Sencillamente, "no matarás" abarca aún al criminal, con excepciones. "No matarás" abarca al inocente (nacido y por nacer) con carácter absoluto, sin excepciones.

¿Es posible que una persona apoye la aplicación de la pena de muerte en determinadas circunstancias y sea pro-vida? La respuesta es sí.

   
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