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Asesinados en la Oscuridad, Recordados en la Luz

 

Fr. Frank Pavone
National Director of Priests for Life

   
  Monday, August 11, 2008

   
 

Al mediodía del domingo, 27 de julio del 2008, casi quinientos fieles llenaron la tremenda Basílica del Santísimo Sacramento que la Madre Angélica construyó en Hanceville, Alabama. Estaban reunidos para el funeral de tres niños – Karen Esther, Enoch, y Rebekah.
 
Los tres niños estaban juntos en el pequeño ataúd blanco. Todos habían sido muertos mediante el aborto hacía unas pocas semanas, y botados en la basura fuera de un centro para abortos en Livonia, Michigan. La Doctora Mónica Miller, Directora de los Ciudadanos por una Sociedad Pro-Vida, transportaron los niños a Alabama.
 
Yo conduje la ceremonia del funeral. Las hermanas de la comunidad de la Madre Angélica cantaron. El Pueblo de la Vida rezó, rindió culto, lloró, y se gozó en la esperanza de la Resurrección. A medida que honraban la muerte, se comprometieron, una vez más, a proteger a los vivos.
 
Yo he hecho funerales así en varias partes del país. Pero fue de especial importancia, que este funeral tuviera lugar en la Basílica de la Madre Angélica. Yo me acuerdo cuando ella me dijo, hace años, que el corazón de su visión para esta Basílica fue los niños no nacidos. Este iba a ser un lugar dedicado al Divino Niño, y un lugar en el que los niños en el vientre – tan olvidados y desechados en la cultura de la muerte – serían recordados y celebrados.
 
 
Esto es lo que hicimos el 27 de Julio.
 
Yo le recordé a la congregación del funeral que el Cardenal José Bernardin de Chicago condujo en el año 1988, cuando él enterró a dos mil niños abortados. Cuado le preguntaron sobre las implicaciones legales del entierro, él respondió que esos asuntos no eran nada en comparación al mal de terminar una vida humana inocente. Él dijo que estaba haciendo un trabajo corporal de misericordia – enterrar a los muertos.
 
Esto es lo que hace el Pueblo de la Vida. Proteger a los vivos y enterrar a los muertos. Ellos no se asustan ni se avergüenzan de honrar en público a aquellos que están deshonrados en secreto mediante la violencia oculta del aborto. Congregándose en grandes cantidades para enterrar a los niños abortados, y dando a conocer a tantos como sea posible sobre esto, reparan en una pequeña parte la dura desconsideración mediante la cual estos niños son vistos por tantos en nuestra sociedad.
 
Es por esto que los 16,500 bebés encontrados en un gran contenedor en el área de Los Ángeles a mediados de 1980 tuvieron que esperar tres años antes de ser enterrados, debido a que los partidarios de los abortos lanzaron una batalla legar para bloquear el entierro. Ellos no quieren que la sociedad reconozca de ninguna manera que hay humanidad en ellos para ser honrada. Sólo desháganse de ellos – y mientras más secreto, más rápido, y más privado mejor.  Eso es lo que creen los defensores del aborto.
 
Pero la Iglesia cree otra cosa, por tanto adoramos lo que creemos. La congregación – incluyendo a los niños tomados de las manos de sus padres, se agolpó alrededor del ataúd para ver los restos de estos bebés. Hubo lágrimas de dolor, pero llenas de esperanza.
 
Cada persona salió de la iglesia más comprometida que nunca a terminar con esta matanza.

   
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