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El Alma Del Movimiento Pro-Vida

 

Fr. Frank Pavone
National Director, Priests for Life

   
  Monday, August 11, 2014

   
 
En años recientes se ha promulgado más legislación pro-vida a nivel estatal que en cualquier otro momento desde Roe vs. Wade, e incluso a nivel federal, se ha introducido legislación que colocaría el límite del aborto en las 20 semanas en vez que desde el nacimiento en Los Estados Unidos.
 
No obstante hay quienes insisten en que prohibir solamente ciertos abortos no es el enfoque adecuado, dado que cada aborto es de igual forma incorrecto desde el punto de vista moral, y ninguna ley puede llegar a justificar uno solo de ellos.  Algunos en el movimiento, de hecho, sostienen que las únicas iniciativas en materia de política pública que deberíamos apoyar son las que protegen a todo niño no-nacido sin excepción.  Para avanzar sobre tales iniciativas, el movimiento ha venido ganando más fuerza y atrayendo más atención, pero ese movimiento no es en lo absoluto incompatible con más y mayores medidas progresivas.
 
Primero que todo,  la verdad misma de la persona, la urgencia misma de reconocer y proteger la humanidad de cada niño a partir de su concepción y para siempre, nos inicia y nos mantiene en el camino de proteger la Vida.  Este principio no sólo es verdadero, sino que es en esencia la única meta aceptable en el movimiento Pro-Vida.  El trabajo de éste movimiento no se habrá realizado a menos que cada vida sea protegida de forma absoluta y sin excepción. Y éste principio no sólo es la meta del movimiento pro-vida; es su combustible, su alma y su diario imperativo.
 
La naturaleza progresiva de nuestras actividades--- el hecho de que en el presente momento podríamos pasar una prohibición sobre los abortos después de las 20 semanas mas no antes--- es justificado solamente siempre que esa limitación no sea escogida por nosotros sino que nos sea impuesta por circunstancias más allá de nuestro control.  En otras palabras, si yo trabajo para aprobar una ley que proteja a los niños en las 20 semanas y después, todo intento fallido para protegerlos antes, debe estar completamente por fuera del alcance de lo que yo pueda decidir.  Como meta, no puedo nunca decidir, elegir, querer o acordar bajo ninguna modalidad que un solo aborto sea aceptable o legal.  Pero si el apoyo legislativo para proteger a los bebes antes de las 20 semanas no existe aún en un particular organismo legislativo---es decir;  si, en otras palabras, los votos no están allí—entonces yo puedo apoyar esa prohibición precisamente porque estoy haciendo todo lo que puedo en ese momento bajo esas circunstancias.
 
El principio mismo de la persona humana, en efecto, me disuade de sentarme y no proteger las vidas que sea yo capaz de proteger en éste momento.  No es por conceder una excepción a su persona humana que yo los protejo, sino precisamente porque acojo su humanidad. Y justamente esa convicción, la adherencia a ese principio inmutable, es lo que nos mantiene marchando de una meta presente a la siguiente y la siguiente después de esa. Y entretanto, propendemos por cambiar las circunstancias para que los pasos no sean tan escalados. En últimas, nos dirigimos hacia una meta final e irreducible de total protección libre de excepciones, y llegamos allá a través del total reconocimiento de que el infante en el vientre de la madre es tan persona humana como un adulto.
   
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