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Vigésimo Domingo en Tiempo Ordinario - Ciclo B

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Intercesiones Generales: [Spanish PDF]
 

Celebrante: Dios nos invita a compartir su divinidad al tomar parte de sus dones Espirituales. Unidos con el Espíritu Santo a nuestros hermanos y hermanas en Cristo, le presentamos nuestras necesidades.

Diácono/Lector:

Para que la Iglesia continúe proclamando al mundo la invitación de Jesús de compartir el Pan de Vida, roguemos al Señor.

Para que los Obispos, los sacerdotes y diáconos tengan la sabiduría de proclamar la voluntad de Dios para la gente a quien sirven, roguemos al Señor.

Para que los lideres de las naciones se esfuercen por guiar a sus pueblos hacia un bien común, roguemos al Señor.
Para que el pueblo de Dios, al mirar hacia la resurrección en el ultimo día, adquieran un nuevo respeto hacia toda vida humana en nuestras leyes, Roguemos al Señor.

Por los estudiantes para que al concluir sus vacaciones de verano y resuman sus estudios, crezcan en el amor de la sabiduría y conocimiento, Roguemos al Señor.

Por todos en nuestra comunidad que están enfermos o sufriendo, sean consolados y los que han fallecido tengan vida eterna, Roguemos al Señor.

Celebrante:

Dios Padre, al escuchar nuestras plegarias,
concedenos mantenernos fieles a
Ti todos los días de nuestras vidas.
Te lo pedimos por Cristo nuestro Señor. Amén.

Adiciones para el boletín:
 

La Eucaristía y el Movimiento Pro-Vida

"Yo soy el Pan de Vida. Quien coma de éste Pan vivirá para siempre y Yo le resucitaré en el Día postrero"  (Ver Jn.6:47-58). El sacrificio Eucarístico es la acción misma de Cristo por medio de la cuál Él destruyó nuestra muerte y restauró nuestra vida.  Siempre que nos reunimos para éste sacrificio, estaremos celebrando la victoria de la Vida sobre la muerte, y por tanto sobre el aborto. El movimiento Pro-Vida no es solo trabajar “para” la victoria;  trabajamos “desde” de la victoria. Como lo dijo el Papa San Juan Pablo II en 1993 en Denver , “No tengáis miedo. El resultado de la batalla por la Vida ya ha sido decidido”.  Nuestro trabajo es aplicar la victoria ya establecida a cada faceta de nuestra sociedad. Celebrar la Eucaristía es la fuente y cumbre de dicha labor.

Puntos sugeridos para la homilía dominical:
 

Prov 9:1-6
Efes. 5:15-20
Jn 6:51-58

El epicentro del pasaje evangélico de éste Domingo nos brinda la oportunidad de predicar sobre cualesquiera de las numerosas conexiones entre nuestra Fe Eucarística y nuestro compromiso Pro-Vida.  He aquí un artículo sobre éstos puntos primordiales.

Lo que también puede destacarse es que La Carne de Cristo como alimento nuestro nos recuerda a Jesús diciéndole a sus discípulos que Su Alimento habría de realizar la voluntad del Padre (Jn 4:34).  Luego, dos capítulos más adelante, nos dice que nuestro alimento es Su Cuerpo y Sangre, y que ello nos otorga Vida de la misma manera que El Padre le otorga vida a Él.  De allí se sigue que nuestra participación en la Eucaristía se orienta hacia la realización nuestra de la Voluntad de Cristo.  Para “Tratar de entender cuál es la voluntad del Señor”, Pablo nos anima y urge en la Segunda Lectura, dándonos algunos ejemplos concretos. Nuestra defensa de la Vida es un aspecto primordial de unión a la Voluntad de Dios.

El Compromiso Pro-Vida es Eucarístico

-- P. Frank Pavone, Director Nacional , Sacerdotes por La Vida

Nuestro compromiso de defender a nuestros hermanas y hermanos no-nacidos, se forma por nuestra fe en la Eucaristía como sacramento de fe, unidad, vida, adoración y amor.

La Eucaristía es un sacramento de Fe. La Hostia Consagrada no luce diferente a su estado previo después de la consagración.  Antes bien, luce, huele, se siente y sabe como pan. Sólo uno de los cinco sentidos se dirige hacia la Verdad. Como lo expresa Santo Tomás de Aquino en su  “Adoro Te Devote”. “Ver, tocar y degustar son en Vos engañados: Qué dirá la confiable escucha que haya de ser creído?” El oído oye Sus palabras, “Éste es Mi cuerpo; ésta es Mi Sangre”, y la fe nos traslada más allá del velo de las apariencias…

Los cristianos están acostumbrados a mirar más allá de las apariencias. El bebé en el pesebre no luce como Dios; y ciertamente, tampoco lo hace el hombre de la Cruz.  Y no obstante, por Fe sabemos que Él no un simple Hombre. La Biblia no tiene un brillo particular que la caracterice de otros libros, ni levita por encima del estante.  Sin embargo, sabemos por Fe que Es de forma única e inequívoca La Palabra de Dios.  La Eucaristía parece ser sólo Pan y Vino, y no obstante, por fe decimos “Señor Mío y Dios Mío!” mientras nos postramos en su adoración.

La misma dinámica de fe que nos empodera para ver más allá de las apariencias de éstos misterios, nos habilita por igual a ver más allá de las apariencias de nuestro prójimo.  Podemos mirar a las personas alrededor nuestro, a esa persona molesta, o fea, o que se halla inconsciente en la cama de un hospital, y podemos decir, “Cristo está allí también.  He ahí mi hermano, mi hermana, hecho a imagen y semejanza misma de Dios!”.

Por esa misma dinámica, podemos observar al bebé no nacido y decir, “Allí también está mi hermano, mi hermana, igual en dignidad y tan digno de protección como cualquier otra persona!”. Algunos argumentarán que el niño en el vientre, especialmente en sus etapas más tempranas, es demasiado pequeño para ser sujeto de derechos Constitucionales. ¿Es la Hostia Sagrada demasiado pequeña para ser Dios, demasiado distinta de Él como para ser adorada? La más pequeña partícula de la Hostia es Cristo en su plenitud. La Fe Eucarística es un antídoto poderoso a la dañina noción de que el valor depende del tamaño.

La Eucaristía también es un Sacramento de Unidad.  “Cuando Yo sea elevado sobre la tierra”, dice el Señor, “atraeré a todos hacia Mí” (Jn.12:32).  El lleva a cabo esa promesa precisamente en la Eucaristía, la cuál edifica a la Iglesia. La Iglesia es la señal y causa de la unidad de toda la familia humana.

Imaginemos a todas las personas, en todas las partes del mundo, que están recibiendo la comunión el día de hoy.  ¿Están ellos recibiendo su propia versión personalizada de Cristo? ¿No estarán ellos más bien recibiendo cada uno al Único y Verdadero Cristo? A través de éste sacramento, Cristo el Señor,  entronado gloriosamente en el Cielo, atrae a todas las personas hacia Él. Si Él nos atrae hacia Sí Mismo, entonces también nos atrae hacia nuestro prójimo, donde Él reside. San Pablo comenta al respecto: “Nosotros, aunque somos muchos, somos un solo cuerpo, en tanto participamos todos del mismo Pan” (1 Cor. 10:17)  Cuando nos llamamos entre nosotros “hermanos y hermanas”, no estamos sólo utilizando una metáfora que refleja a medias la unidad entre hijos de mismos padres. La Unidad que poseemos en Cristo es aún mas fuerte que la unidad sanguínea entre hermanos y hermanas, en tanto tenemos todos una sangre en común: La Sangre de Cristo! El resultado de la Eucaristía, es que nos volvemos uno, y esto nos convoca y obliga a preocuparnos de cara a las necesidades del prójimo en la misma medida que nos preocupamos por nuestros propios cuerpos.

Imagínense a una persona que recibiendo la Comunión, acepte la Hostia cuando el sacerdote le diga: “El Cuerpo de Cristo”, respondiendo “Amén”, y luego rompa una partícula de ésta y se la entregue al sacerdote diciendo: “Excepto ésta parte, Padre!”.  Esto es lo que bien podría estar haciendo toda aquella persona que rechaza al prójimo. Al recibir a Cristo, hemos de recibir a Cristo en su plenitud, y en todos sus miembros sin excepción; a todos nuestros hermanos y hermanas, convenientes o inconvenientes, deseados o no.

Cómo destaca San Juan, Cristo habría de morir para “reunir en un solo rebaño a los hijos dispersos de Dios”.  El pecado disgrega y dispersa; Cristo en cambio, nos une.  La palabra “diabólico” significa “apartar, separar”.  Cristo vino a “destruir las obras del diablo” (1 Jn. 3:8). La Eucaristía construye el edificio de la familia humana en Cristo Jesús, quien dice: “Venid a Mí, alimentaos de Mi Cuerpo, convertíos en Mi Cuerpo”.  El aborto, en una dinámica inversa, afirma: “Marchaos! No hay lugar para vosotros, ni tiempo para vosotros, ni deseo de vosotros, ni responsabilidad por vosotros. Apartaos de nuestro camino!” El aborto ataca la unidad de la familia humana, socavando y separando la relación más fundamental entre dos personas: La madre y su hijo.  La Eucaristía como Sacramento de Unidad, reversa ésta diabólica dinámica del aborto.

La Eucaristía es el Sacramento de la Vida. "Yo soy el Pan de Vida. Quien coma de éste Pan vivirá para siempre, y Yo le resucitaré en el día postrero"  (Ver Jn 6:47-58). El sacrificio Eucarístico es la acción misma de Cristo por medio de la cuál Él destruyó nuestra muerte y restauró nuestra vida.  Siempre que nos reunimos para éste sacrificio, estaremos celebrando la victoria de la Vida sobre la muerte, y por tanto sobre el aborto. El movimiento Pro-Vida no es solo trabajar “para” la victoria;  trabajamos “desde” de la victoria. Como lo dijo el Papa San Juan Pablo II en 1993 en Denver , “No tengáis miedo. El resultado de la batalla por la Vida ya ha sido decidido”.  Nuestro trabajo es aplicar la victoria ya establecida a cada faceta de nuestra sociedad. Celebrar la Eucaristía es la fuente y cumbre de dicha labor.

La Eucaristía es el Supremo Acto de Adoración a Dios.  Dos lecciones que cada persona necesita aprender son:  1) Existe un Sólo Dios. 2) Ese Dios NO soy Yo.  La Eucaristía como sacrificio perfecto, reconoce que Dios es Dios, y que es “Su derecho soberano el recibir toda obediencia y adoración de la creación”. (Sacramentario, Prefacio para días de la Semana, III).  El aborto, por el contrario, proclama que la elección de una madre es suprema.  A la “Libertad de elección” se le considera suficiente para justificar  incluso cada desmembramiento de un bebé humano en gestación.  La libre elección divorciada de la verdad es idolatría.  Es lo contrario a la verdadera adoración y culto.  Pretende que la creatura sea Dios. La verdadera libertad sólo puede hallarse en la sumisión  a la Verdad y a la Voluntad de Dios.  La verdadera libertad no es la capacidad de hacer lo que a cada quien le plazca, sino el poder de hacer siempre lo que es correcto.

La Eucaristía es,  en últimas,  el Sacramento del Amor.  Sn. Juan explica:  “Por esto sabemos en qué consiste el Amor: En que Jesucristo entregó su Vida por nosotros” (1 Jn. 3:16). Cristo enseña que “Nadie tiene un Amor más grande que Aquél que entrega su vida por sus amigos” (Jn. 15:13).  El símbolo más grande del Amor no es el corazón, sino más bien el Crucifijo.

El Aborto es lo exactamente opuesto al Amor.  El Amor dice: “Me sacrifico por el bien de otra persona”. El aborto dice: “Yo sacrifico a otra persona por mi 


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