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Pentecostés - Ciclo C

English Version

Intercesiones Generales: [Spanish PDF]
 

Celebrante: Unámonos en oración tal como los discípulos lo hicieron en el primer Pentecostés y dispongámonos para recibir al mismo Espíritu Santo que ellos recibieron.

Diácono / Lector:

Para que la Iglesia, en el poder del Espíritu, haga el Evangelio fácil de entender para la gente de todas razas, idiomas y culturas, roguemos al Señor...

Para que el Espíritu Santo de la Paz una y reconcilie a toda la gente y todas las naciones de la tierra, llevando a un fin las guerras, el odio y la discriminación, roguemos al Señor...

Para que el Espíritu Santo, Señor y Dador de Vida, renueve la faz de la tierra y la convierte en un lugar donde el pobre es alimentado, donde los forasteros sean acogidos, y el no nacido sea dado a luz de manera segura y sana, roguemos al Señor...

Para que todos los Cristianos bautizados respondan mejor a todos los dones que el Espíritu Santo les otorgue, para el servicio del Cuerpo de Cristo, roguemos al Señor...

Para que el Espíritu Santo, que purifica todo pecado y levanta al fallecido, lleve a todos los que han muerto a la plenitud de la presencia de Dios, roguemos al Señor...

Celebrante:
Padre,
Nos regocijamos en Tu Espíritu.
Envíalo de Nuevo a nuestros corazones,
a nuestras vidas,
y a nuestro mundo.
Escucha nuestras súplicas, y sálvanos en Tu amor.
Te lo pedimos por Cristo Nuestro Señor. Amén.

Adiciones para el boletín:
 

El Espíritu Santo que vino en Pentecostés, le dio voz a los Apóstoles para proclamar la verdad del Evangelio. El Espíritu, el Alma de la Iglesia, continúa permitiéndole a la Iglesia hablar, y nos permite a nosotros hablar en nuestras capacidades individuales. Esto dijo el Cardenal Elio Sgrecccia, antiguo Presidente de la Academia Pontificia  para la Vida, del Vaticano: “La Iglesia debe hablar en el contexto de hoy sobre los derechos fundamentales, el derecho a la justicia, el derecho a la paz, pero sobre todo, en primer lugar, el derecho a la vida. Si la Iglesia no habla, si no proclama la verdad, estaría abandonando su deber; sería infiel a la sociedad. Por tanto, su deber preciso es la propia libertad para intervenir con palabra, y también con ejemplo – el ejemplo de promover la vida humana, de intervenir por la salvación de la humanidad.”

Puntos sugeridos para la homilía dominical:
 
Vigilia:
Gn 11:1-9 or Ex 19:3-8a, 16-20b or Ez 37:1-14 or Joel 3:1-5
Rom 8:22-27
Jn 7:37-39
Día:
Hch 2:1-11
1 Cor 12:3b-7, 12-13 or Rom 8:8-17
Jn 20:19-23 or 14:15-16, 23b-26
 
Cincuenta días después de la Pascua, el Pueblo de Israel celebraba “Pentecostés”, observando el regalo de la Ley en el Monte Sinaí, cuando Dios escribió su Ley con su propio dedo en las tablas de piedra.  La fiesta se arraigaba originalmente en la celebración de la cosecha.  Fue en ese Día de Pentecostés que los apóstoles vieron los frutos de la cosecha de la Pascua del sufrimiento, crucifixión y resurrección  del Señor, y recibieron el Espíritu Santo, el cual escribe la ley en nuestros corazones.
 
Este mismo Espíritu Santo que hubo de manifestarse con gran poder en Pentecostés viene ahora a nosotros. Ese mismo Espíritu mora en nosotros, por nuestro bautismo y confirmación – el mismo Espíritu que transformó a los apóstoles, que levanta a los muertos, y que convierte el pan y vino en el Cuerpo y Sangre de Cristo, Señor Nuestro.   Así es, ese mismo Espíritu mora en nosotros, y ésta verdad debería darnos una confianza absoluta en el seguimiento de Cristo.
 
El Espíritu Santo, “Señor y Dador de Vida”, nos trae de vuelta a nuestro a nuestro verdadero ser en la medida que nos ilumina en relación a la sacralidad que posee la vida.  El Espíritu nos trae dones, y uno de ellos es el de darnos la habilidad de ver la creación en su justa relación con Dios, --incluyendo la corona de su creación--, el don de la Vida Humana.
 
Cuando nosotros no tenemos ésta luz del Espíritu Santo,  la ley que debemos seguir parece una imposición foránea que limita nuestra libertad.  Así es como se sienten algunas veces las personas en el mundo sobre nuestra actitud hacia el aborto y la eutanasia.  Ellos creen que estamos “restringiendo derechos”.  Pero cuando El Espíritu Santo nos llena, nos regala una atracción interna a todo lo que es correcto y bueno, de forma tal que no nos sintamos empujados en ninguna dirección donde no debamos ir, sino más bien, que seamos halados por la atracción natural de lo que es bueno y santo.
 
El Espíritu Santo es también el Abogado que defiende nuestra causa. Cuando nos llena, Él nos convierte en abogados de todos nuestros hermanos y hermanas más necesitados, incluidos los más vulnerables entre ellos: los no-nacidos.

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