Navidad: Un regalo de la vida
El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas. En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: « Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta « gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16, 21). (Ioannes Paulus PP. II, Evangelium vitae 1.)
Is 61:1-2a, 10-111 Tes 5:16-24Jn 1:6-8, 19-28
El mandamiento de “estar siempre alegres” podría parecer un requisito difícil, dado el hecho de que las cosas no siempre son como queremos, por circunstancias que van más allá de nuestro alcance. Pero aun así, este alegrarse es siempre posible, porque está basado en la salvación que Cristo viene a traer. “Salto de alegría delante del Señor,” escribe Isaías, “pues él me puso ropas de salvación y me abrigó con el chal de la justicia.”
Esta “justicia” manifestada cuando Dios rescata a su pueblo (por ejemplo, de la esclavitud de Egipto) ha llegado a nosotros en el Divino Niño cuyo nacimiento nos estamos preparando para celebrar. Él nos envuelve en un manto de justicia cuando, por su muerte y resurrección, nos rescató del poder de la muerte. “Proclamar la libertad a los cautivos” es su misión, como indica la Primera Lectura en un pasaje al que más tarde el mismo Cristo mencionará en referencia a su propio ministerio. La canción navideña “O Noche Santa” refleja este tema cuando dice, “Él romperá las cadenas, porque el esclavo es nuestro hermano, y en su nombre toda opresión cesará.”
Nosotros los que somos rescatados debemos rescatar a los pobres y débiles entre nosotros, incluyendo los más pobres y los más débiles, los niños no nacidos. Celebrar al Dios que viene a libertar al oprimido, y nos ha liberado, significa que nos comprometamos a poner fin a la opresión en nuestra cultura.