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Archive for June, 2011

II. Qué has hecho?

Thursday, June 30th, 2011





11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular, en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia colectiva, el carácter de « delito » y a asumir paradójicamente el de « derecho », hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin embargo, « santuario de la vida ».

?Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se deben tomar en consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes. A esto se añaden las más diversas dificultades existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad compleja, en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con frecuencia solas con sus problemas. No faltan además situaciones de particular pobreza, angustia o exasperación, en las que la prueba de la supervivencia, el dolor hasta el límite de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente aquellas contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y promoción de la vida sean exigentes, a veces incluso hasta el heroísmo.

Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de la vida pueda hoy sufrir una especie de « eclipse », aun cuando la conciencia no deje de señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo de que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de estar en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta.

12. En efecto, si muchos y graves aspectos de la actual problemática social pueden explicar en cierto modo el clima de extendida incertidumbre moral y atenuar a veces en las personas la responsabilidad objetiva, no es menos cierto que estamos frente a una realidad más amplia, que se puede considerar como una verdadera y auténtica estructura de pecado, caracterizada por la difusión de una cultura contraria a la solidaridad, que en muchos casos se configura como verdadera « cultura de muerte ». Esta estructura está activamente promovida por fuertes corrientes culturales, económicas y políticas, portadoras de una concepción de la sociedad basada en la eficiencia. Mirando las cosas desde este punto de vista, se puede hablar, en cierto sentido, de una guerra de los poderosos contra los débiles. La vida que exigiría más acogida, amor y cuidado es tenida por inútil, o considerada como un peso insoportable y, por tanto, despreciada de muchos modos. Quien, con su enfermedad, con su minusvalidez o, más simplemente, con su misma presencia pone en discusión el bienestar y el estilo de vida de los más aventajados, tiende a ser visto como un enemigo del que hay que defenderse o a quien eliminar. Se desencadena así una especie de « conjura contra la vida », que afecta no sólo a las personas concretas en sus relaciones individuales, familiares o de grupo, sino que va más allá llegando a perjudicar y alterar, a nivel mundial, las relaciones entre los pueblos y los Estados.

13. Para facilitar la difusión del aborto, se han invertido y se siguen invirtiendo ingentes sumas destinadas a la obtención de productos farmacéuticos, que hacen posible la muerte del feto en el seno materno, sin necesidad de recurrir a la ayuda del médico. La misma investigación científica sobre este punto parece preocupada casi exclusivamente por obtener productos cada vez más simples y eficaces contra la vida y, al mismo tiempo, capaces de sustraer el aborto a toda forma de control y responsabilidad social.

Se afirma con frecuencia que la anticoncepción, segura y asequible a todos, es el remedio más eficaz contra el aborto. Se acusa además a la Iglesia católica de favorecer de hecho el aborto al continuar obstinadamente enseñando la ilicitud moral de la anticoncepción. La objeción, mirándolo bien, se revela en realidad falaz. En efecto, puede ser que muchos recurran a los anticonceptivos incluso para evitar después la tentación del aborto. Pero los contravalores inherentes a la « mentalidad anticonceptiva » —bien diversa del ejercicio responsable de la paternidad y maternidad, respetando el significado pleno del acto conyugal— son tales que hacen precisamente más fuerte esta tentación, ante la eventual concepción de una vida no deseada. De hecho, la cultura abortista está particularmente desarrollada justo en los ambientes que rechazan la enseñanza de la Iglesia sobre la anticoncepción. Es cierto que anticoncepción y aborto, desde el punto de vista moral, son males específicamente distintos: la primera contradice la verdad plena del acto sexual como expresión propia del amor conyugal, el segundo destruye la vida de un ser humano; la anticoncepción se opone a la virtud de la castidad matrimonial, el aborto se opone a la virtud de la justicia y viola directamente el precepto divino « no matarás ».

A pesar de su diversa naturaleza y peso moral, muy a menudo están íntimamente relacionados, como frutos de una misma planta. Es cierto que no faltan casos en los que se llega a la anticoncepción y al mismo aborto bajo la presión de múltiples dificultades existenciales, que sin embargo nunca pueden eximir del esfuerzo por observar plenamente la Ley de Dios. Pero en muchísimos otros casos estas prácticas tienen sus raíces en una mentalidad hedonista e irresponsable respecto a la sexualidad y presuponen un concepto egoísta de libertad que ve en la procreación un obstáculo al desarrollo de la propia personalidad. Así, la vida que podría brotar del encuentro sexual se convierte en enemigo a evitar absolutamente, y el aborto en la única respuesta posible frente a una anticoncepción frustrada.

Lamentablemente la estrecha conexión que, como mentalidad, existe entre la práctica de la anticoncepción y la del aborto se manifiesta cada vez más y lo demuestra de modo alarmante también la preparación de productos químicos, dispositivos intrauterinos y « vacunas » que, distribuidos con la misma facilidad que los anticonceptivos, actúan en realidad como abortivos en las primerísimas fases de desarrollo de la vida del nuevo ser humano.

Ioannes Paulus PP. II
Evangelium vitae
a los Obispos
a los Sacerdotes y Diaconos
a los Religiosos y Religiosas
a los Fieles laicos
y a todas las Personas de Buena Voluntad
sobre el Valor y el Caracter Inviolable
de la Vida Humana
1995.03.25

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I. Qué has hecho?

Wednesday, June 29th, 2011





10. El Señor dice a Caín: « ¿Qué has hecho? Se oye la sangre de tu hermano clamar a mí desde el suelo » (Gn 4, 10). La voz de la sangre derramada por los hombres no cesa de clamar, de generación en generación, adquiriendo tonos y acentos diversos y siempre nuevos.

La pregunta del Señor « ¿Qué has hecho? », que Caín no puede esquivar, se dirige también al hombre contemporáneo para que tome conciencia de la amplitud y gravedad de los atentados contra la vida, que siguen marcando la historia de la humanidad; para que busque las múltiples causas que los generan y alimentan; reflexione con extrema seriedad sobre las consecuencias que derivan de estos mismos atentados para la vida de las personas y de los pueblos.

Hay amenazas que proceden de la naturaleza misma, y que se agravan por la desidia culpable y la negligencia de los hombres que, no pocas veces, podrían remediarlas. Otras, sin embargo, son fruto de situaciones de violencia, odio, intereses contrapuestos, que inducen a los hombres a agredirse entre sí con homicidios, guerras, matanzas y genocidios.

?Cómo no pensar también en la violencia contra la vida de millones de seres humanos, especialmente niños, forzados a la miseria, a la desnutrición, y al hambre, a causa de una inicua distribución de las riquezas entre los pueblos y las clases sociales? ¿o en la violencia derivada, incluso antes que de las guerras, de un comercio escandaloso de armas, que favorece la espiral de tantos conflictos armados que ensangrientan el mundo? ¿o en la siembra de muerte que se realiza con el temerario desajuste de los equilibrios ecológicos, con la criminal difusión de la droga, o con el fomento de modelos de práctica de la sexualidad que, además de ser moralmente inaceptables, son también portadores de graves riesgos para la vida? Es imposible enumerar completamente la vasta gama de amenazas contra la vida humana, ¡son tantas sus formas, manifiestas o encubiertas, en nuestro tiempo!

11. Pero nuestra atención quiere concentrarse, en particular, en otro género de atentados, relativos a la vida naciente y terminal, que presentan caracteres nuevos respecto al pasado y suscitan problemas de gravedad singular, por el hecho de que tienden a perder, en la conciencia colectiva, el carácter de « delito » y a asumir paradójicamente el de « derecho », hasta el punto de pretender con ello un verdadero y propio reconocimiento legal por parte del Estado y la sucesiva ejecución mediante la intervención gratuita de los mismos agentes sanitarios. Estos atentados golpean la vida humana en situaciones de máxima precariedad, cuando está privada de toda capacidad de defensa. Más grave aún es el hecho de que, en gran medida, se produzcan precisamente dentro y por obra de la familia, que constitutivamente está llamada a ser, sin embargo, « santuario de la vida ».

?Cómo se ha podido llegar a una situación semejante? Se deben tomar en consideración múltiples factores. En el fondo hay una profunda crisis de la cultura, que engendra escepticismo en los fundamentos mismos del saber y de la ética, haciendo cada vez más difícil ver con claridad el sentido del hombre, de sus derechos y deberes. A esto se añaden las más diversas dificultades existenciales y relacionales, agravadas por la realidad de una sociedad compleja, en la que las personas, los matrimonios y las familias se quedan con frecuencia solas con sus problemas. No faltan además situaciones de particular pobreza, angustia o exasperación, en las que la prueba de la supervivencia, el dolor hasta el límite de lo soportable, y las violencias sufridas, especialmente aquellas contra la mujer, hacen que las opciones por la defensa y promoción de la vida sean exigentes, a veces incluso hasta el heroísmo.

Todo esto explica, al menos en parte, cómo el valor de la vida pueda hoy sufrir una especie de « eclipse », aun cuando la conciencia no deje de señalarlo como valor sagrado e intangible, como demuestra el hecho mismo de que se tienda a disimular algunos delitos contra la vida naciente o terminal con expresiones de tipo sanitario, que distraen la atención del hecho de estar en juego el derecho a la existencia de una persona humana concreta.

Ioannes Paulus PP. II
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1995.03.25

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Nuevas amenazas a la vida humana

Wednesday, June 29th, 2011





3. Cada persona, precisamente en virtud del misterio del Verbo de Dios hecho carne (cf. Jn 1, 14), es confiada a la solicitud materna de la Iglesia. Por eso, toda amenaza a la dignidad y a la vida del hombre repercute en el corazón mismo de la Iglesia, afecta al núcleo de su fe en la encarnación redentora del Hijo de Dios, la compromete en su misión de anunciar el Evangelio de la vida por todo el mundo y a cada criatura (cf. Mc 16, 15).

Hoy este anuncio es particularmente urgente ante la impresionante multiplicación y agudización de las amenazas a la vida de las personas y de los pueblos, especialmente cuando ésta es débil e indefensa. A las tradicionales y dolorosas plagas del hambre, las enfermedades endémicas, la violencia y las guerras, se añaden otras, con nuevas facetas y dimensiones inquietantes.

Ya el Concilio Vaticano II, en una página de dramática actualidad, denunció con fuerza los numerosos delitos y atentados contra la vida humana. A treinta años de distancia, haciendo mías las palabras de la asamblea conciliar, una vez más y con idéntica firmeza los deploro en nombre de la Iglesia entera, con la certeza de interpretar el sentimiento auténtico de cada conciencia recta: « Todo lo que se opone a la vida, como los homicidios de cualquier género, los genocidios, el aborto, la eutanasia y el mismo suicidio voluntario; todo lo que viola la integridad de la persona humana, como las mutilaciones, las torturas corporales y mentales, incluso los intentos de coacción psicológica; todo lo que ofende a la dignidad humana, como las condiciones infrahumanas de vida, los encarcelamientos arbitrarios, las deportaciones, la esclavitud, la prostitución, la trata de blancas y de jóvenes; también las condiciones ignominiosas de trabajo en las que los obreros son tratados como meros instrumentos de lucro, no como personas libres y responsables; todas estas cosas y otras semejantes son ciertamente oprobios que, al corromper la civilización humana, deshonran más a quienes los practican que a quienes padecen la injusticia y son totalmente contrarios al honor debido al Creador ».5

4. Por desgracia, este alarmante panorama, en vez de disminuir, se va más bien agrandando. Con las nuevas perspectivas abiertas por el progreso científico y tecnológico surgen nuevas formas de agresión contra la dignidad del ser humano, a la vez que se va delineando y consolidando una nueva situación cultural, que confiere a los atentados contra la vida un aspecto inédito y —podría decirse— aún más inicuo ocasionando ulteriores y graves preocupaciones: amplios sectores de la opinión pública justifican algunos atentados contra la vida en nombre de los derechos de la libertad individual, y sobre este presupuesto pretenden no sólo la impunidad, sino incluso la autorización por parte del Estado, con el fin de practicarlos con absoluta libertad y además con la intervención gratuita de las estructuras sanitarias.

En la actualidad, todo esto provoca un cambio profundo en el modo de entender la vida y las relaciones entre los hombres. El hecho de que las legislaciones de muchos países, alejándose tal vez de los mismos principios fundamentales de sus Constituciones, hayan consentido no penar o incluso reconocer la plena legitimidad de estas prácticas contra la vida es, al mismo tiempo, un síntoma preocupante y causa no marginal de un grave deterioro moral. Opciones, antes consideradas unánimemente como delictivas y rechazadas por el común sentido moral, llegan a ser poco a poco socialmente respetables. La misma medicina, que por su vocación está ordenada a la defensa y cuidado de la vida humana, se presta cada vez más en algunos de sus sectores a realizar estos actos contra la persona, deformando así su rostro, contradiciéndose a sí misma y degradando la dignidad de quienes la ejercen. En este contexto cultural y legal, incluso los graves problemas demográficos, sociales y familiares, que pesan sobre numerosos pueblos del mundo y exigen una atención responsable y activa por parte de las comunidades nacionales y de las internacionales, se encuentran expuestos a soluciones falsas e ilusorias, en contraste con la verdad y el bien de las personas y de las naciones.

El resultado al que se llega es dramático: si es muy grave y preocupante el fenómeno de la eliminación de tantas vidas humanas incipientes o próximas a su ocaso, no menos grave e inquietante es el hecho de que a la conciencia misma, casi oscurecida por condicionamientos tan grandes, le cueste cada vez más percibir la distinción entre el bien y el mal en lo referente al valor fundamental mismo de la vida humana.

Ioannes Paulus PP. II
Evangelium vitae
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de la Vida Humana
1995.03.25

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Valor incomparable de la persona humana

Tuesday, June 28th, 2011





2. El hombre está llamado a una plenitud de vida que va más allá de las dimensiones de su existencia terrena, ya que consiste en la participación de la vida misma de Dios. Lo sublime de esta vocación sobrenatural manifiesta la grandeza y el valor de la vida humana incluso en su fase temporal. En efecto, la vida en el tiempo es condición básica, momento inicial y parte integrante de todo el proceso unitario de la vida humana. Un proceso que, inesperada e inmerecidamente, es iluminado por la promesa y renovado por el don de la vida divina, que alcanzará su plena realización en la eternidad (cf. 1 Jn 3, 1-2). Al mismo tiempo, esta llamada sobrenatural subraya precisamente el carácter relativo de la vida terrena del hombre y de la mujer. En verdad, esa no es realidad « última », sino « penúltima »; es realidad sagrada, que se nos confía para que la custodiemos con sentido de responsabilidad y la llevemos a perfección en el amor y en el don de nosotros mismos a Dios y a los hermanos.

La Iglesia sabe que este Evangelio de la vida, recibido de su Señor, 1 tiene un eco profundo y persuasivo en el corazón de cada persona, creyente e incluso no creyente, porque, superando infinitamente sus expectativas, se ajusta a ella de modo sorprendente. Todo hombre abierto sinceramente a la verdad y al bien, aun entre dificultades e incertidumbres, con la luz de la razón y no sin el influjo secreto de la gracia, puede llegar a descubrir en la ley natural escrita en su corazón (cf. Rm 2, 14-15) el valor sagrado de la vida humana desde su inicio hasta su término, y afirmar el derecho de cada ser humano a ver respetado totalmente este bien primario suyo. En el reconocimiento de este derecho se fundamenta la convivencia humana y la misma comunidad política.

Los creyentes en Cristo deben, de modo particular, defender y promover este derecho, conscientes de la maravillosa verdad recordada por el Concilio Vaticano II: « El Hijo de Dios, con su encarnación, se ha unido, en cierto modo, con todo hombre ».2 En efecto, en este acontecimiento salvífico se revela a la humanidad no sólo el amor infinito de Dios que « tanto amó al mundo que dio a su Hijo único » (Jn 3, 16), sino también el valor incomparable de cada persona humana.

La Iglesia, escrutando asiduamente el misterio de la Redención, descubre con renovado asombro este valor 3 y se siente llamada a anunciar a los hombres de todos los tiempos este « evangelio », fuente de esperanza inquebrantable y de verdadera alegría para cada época de la historia. El Evangelio del amor de Dios al hombre, el Evangelio de la dignidad de la persona y el Evangelio de la vida son un único e indivisible Evangelio.

Por ello el hombre, el hombre viviente, constituye el camino primero y fundamental de la Iglesia. 4

Ioannes Paulus PP. II
Evangelium vitae
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de la Vida Humana
1995.03.25

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Introducción al Evangelium vitae

Monday, June 27th, 2011





1. El Evangelio de la vida está en el centro del mensaje de Jesús. Acogido con amor cada día por la Iglesia, es anunciado con intrépida fidelidad como buena noticia a los hombres de todas las épocas y culturas.

En la aurora de la salvación, el nacimiento de un niño es proclamado como gozosa noticia: « Os anuncio una gran alegría, que lo será para todo el pueblo: os ha nacido hoy, en la ciudad de David, un salvador, que es el Cristo Señor » (Lc 2, 10-11). El nacimiento del Salvador produce ciertamente esta « gran alegría »; pero la Navidad pone también de manifiesto el sentido profundo de todo nacimiento humano, y la alegría mesiánica constituye así el fundamento y realización de la alegría por cada niño que nace (cf. Jn 16, 21).

Presentando el núcleo central de su misión redentora, Jesús dice: « Yo he venido para que tengan vida y la tengan en abundancia » (Jn 10, 10). Se refiere a aquella vida « nueva » y « eterna », que consiste en la comunión con el Padre, a la que todo hombre está llamado gratuitamente en el Hijo por obra del Espíritu Santificador. Pero es precisamente en esa « vida » donde encuentran pleno significado todos los aspectos y momentos de la vida del hombre.

Ioannes Paulus PP. II
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La relación entre este mundo y el siguiente

Friday, June 24th, 2011





Para entender nuestra responsabilidad política, necesitamos entender la naturaleza del cielo, de la vida eterna, de nuestras actividades en el mundo venidero, y la relación que dichas actividades tienen con nuestras actividades en este mundo.

Algunas personas tienen miedo de ir al cielo. Sin embargo, tienen más miedo de la alternativa, por supuesto. Tal como debe ser. Pero el temor del cielo puede resultar de un mal entendimiento de frases tan comunes como “descanso eterno” y “por siempre”. En este mundo descansamos pero solo por un pequeño momento. Luego nos levantamos y queremos hacer algo. No nos sentimos inclinados a querer descansar para siempre.

Afortunadamente, eso no es lo que “descanso eterno” significa. El descanso eterno no es lo mismo que estar inactivo, sino que es alcanzar el objetivo por el cual uno es creado. Cuando alguien busca una educación superior, por ejemplo, se siente en “descanso” cuando logra graduarse. Eso no significa inactividad, sino que de hecho, el graduarse significa que lo pudo hacer tomando nuevas actividades que fueron necesarias tomar y emplear toda su experiencia, conocimiento y habilidades para llegar a ese gran momento de la graduación. En la próxima vida, seremos activos. De hecho, nuestra capacidad será muchísimo más grande de lo que es ahora. Habremos alcanzado el propósito para el cual fuimos creados, principalmente, en unión con Dios. No nos aburriremos. Cada momento del cielo será nuevo y sorprendente, puesto que siempre estaremos viendo y conociendo más a Dios de lo que lo conocimos o vimos en el pasado.

En la próxima vida, no seremos ángeles. Creemos en la resurrección del cuerpo, y del universo completo. “Esperamos un nuevo cielo y una nueva tierra…” (2Pe. 3:13) Dios nos creo como seres humanos, la perfecta unidad del cuerpo y el alma. La próxima vida será tan física como lo será espiritual. Se nos recuerda esto con el hecho del mismo Señor cuando comió un pescado después que resucitó de entre los muertos (véase Lc. 24: 36-43)

La organización de la sociedad en todas sus dinámicas políticas es buena, no hay nada malo en ello. Sin embargo, recordemos que lo bueno siempre tiene un mal entretejido, pero por la misma actividad salvadora, Dios purifica lo bueno; El no lo destruye. En la vida venidera, todo lo bueno de la Creación de Dios habrá sido purificado. Ese mundo no esta desconectado de este. Lo bueno que hagamos y cultivemos aquí, lo encontraremos de nuevo en el otro lado de la muerte.

El Concilio Vaticano II, en la Constitución sobre la Iglesia en el Mundo Moderno (Gaudium et Spes) habla sobre la relación entre nuestra actividad en este mundo y el mundo venidero con las siguientes palabras:

“No sabemos, ni el momento de la consumación de la tierra y del hombre, ni la forma en la que el universo será transformado. Este mundo, distorsionado por el pecado, está pasando, y se nos muestra que Dios está preparando una nueva morada y una nueva tierra en la cual la justicia prevalecerá, cuya felicidad sobrepasará todos los deseos de paz de todos los corazones humanos juntos. Entonces una vez conquistada la muerte los hijos de Dios serán elevados en Cristo, y lo que una vez fue sembrado en la debilidad y el deshonor será revestido con lo imperecedero: La caridad y todas sus obras permanecerán por siempre y toda la Creación que Dios hizo para el hombre, será liberada de su esclavitud de perdición.”

” Hemos sido advertidos, por supuesto, en que de nada le sirve al hombre ganar todo el mundo si se pierde él mismo. Lejos de reducir nuestra preocupación por el desarrollo de la tierra, la esperanza de la nueva tierra nos debe animar a seguir adelante, ya que aquí el cuerpo de la nueva familia humana crece, prefigurando de alguna manera la era que está por venir. Por ello, aunque debemos ser cuidadosos al distinguir progreso terrenal con la expansión del Reino de Cristo, dicho progreso es de vital importancia para el Reino de Dios, en cuanto pueda contribuir para el mejoramiento del orden de la sociedad humana.”

“Cuando hayamos propagado sobre la tierra los frutos de nuestra naturaleza y nuestros empeños, la dignidad humana, la comunión fraternal, y la libertad, de acuerdo al mandamiento del Señor, en Su Espíritu los encontraremos de nuevo, esta vez, limpios de la mancha del pecado, iluminados y transfigurados, cuando Cristo le presenta al Padre un Reino eterno y universal “de verdad y vida, un reino de santidad y gracia, un reino de justicia, amor y de paz.” En la tierra, este reino se encuentra presente de manera misteriosa; cuando El Señor venga, el Reino entrará en Su perfección.” (GS 39)

La religión a veces ha sido criticada por enfocar mucho la atención de la gente en la promesa del mundo venidero, descuidando así el mejoramiento y desarrollo de este mundo. Sin embargo, esto indica que nuestra creencia en el cielo nos debe hacer aun más atentos con la tierra. El hecho de que sabemos que el ser humano vivirá para siempre significa que necesitamos cuidarlos desde ahora. El bien que hagamos en esta sociedad terrenal, se convierte en el fundamento del mundo venidero. Todo es un obsequio de Dios el cual alcanza su perfección con la venida de Cristo, sin embargo tenemos una participación real al preparar esa realidad.

P. Frank Pavone

Director Nacional, Sacerdotes Por la Vida

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El ejemplo de María

Thursday, June 23rd, 2011





La oración nos ayuda a crecer en la virtud de la caridad, un aspecto de la caridad es que nos preocupamos verdaderamente en como vive la gente. Tratamos de mejorarles sus vidas. Solo orar no es suficiente.

 

Esta verdad se hace clara al ver la vida de la mujer que ha tenido la mayor intimidad con Dios y una vida profunda de oración, la Virgen María.

En la Anunciación, el Arcángel Gabriel le dijo a Maria que seria la Madre de Dios (Lu. 1:26-28) María, recibió el mensaje de Gabriel con asombro. Sin embargo el Ángel también le dijo que su prima Isabel estaba embarazada. A pesar del llamado tan alto que se le acababa de dar, ella no perdió de vista la necesidad de su prima Isabel.

Hizo un viaje tan arduo por la zona montañosa de Jerusalén para ir a atender por tres meses a Isabel. María se mantuvo en contacto con ambas realidades, la celestial y la terrenal.

La verdad de su nueva posición no la distrajo de las necesidades de Isabel. María respondió a esas necesidades de manera práctica. Ella resistió todo tipo de tentación de sentirse absorta en sí misma o en sus experiencias religiosas.

La vemos dar el mismo ejemplo en Caná. La celebración en la compañía de Cristo y los Apóstoles no la cegó de ver las necesidades de los recién casados. El vino se había terminado, y Ella respondió.

En la psiquiatría existe un axioma que se llama “comportamiento de creencia”. Si creemos que el mundo necesita ser cambiado, y eso es lo que Dios nos manda hacer, entonces convertimos esa convicción en acción.

P. Frank Pavone

Director Nacional, Sacerdotes Por la Vida

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I La religión no se desliga de la política

Wednesday, June 22nd, 2011





 

Cada Cristiano tiene responsabilidades políticas en este mundo, según su vocación en la vida.

Las Sagradas Escrituras nos dan la perspectiva correcta para comprender adecuadamente nuestra responsabilidad política. San Pablo le escribe a los Filipenses, “Nosotros tenemos nuestra patria en el cielo, y de allí esperamos al Salvador que tanto anhelamos, Cristo Jesús, El Señor.” (Fil. 3:20) San Pedro escribe, “Pero ustedes son una raza elegida, un reino de sacerdotes, una nación consagrada, un pueblo que Dios hizo suyo” (1Pe 2:9) La carta a los Hebreos dice, “sabiendo que no tenemos aquí una patria permanente, sino que andamos en busca de la futura.” (Heb. 13:14)

En otras palabras, le pertenecemos a Cristo. La palabra “Iglesia” (ecclesia en Latín y Griego) significa “llamado a unión” Hemos sido llamados a unirnos, por la palabra de Dios. En realidad hemos sido confiados a la palabra, y le pertenecemos a “Él” quien la habla.

Sin embargo continuamos siendo ciudadanos de este mundo. Jesús oró con las siguientes palabras para Sus apóstoles, y para nosotros también, la noche previa a su muerte: ” No te pido que los saques del mundo, sino que los defiendas del Maligno. Ellos no son del mundo, como tampoco yo soy del mundo. Conságralos mediante la verdad.” (Jn 17:15-17) Somos ciudadanos del cielo, que vivimos en este mundo y damos testimonio de las verdades de Dios en el mundo. Al estar frente a Pilato, Jesús dijo que su reino no era de este mundo, pero que vino al mundo a dar testimonio de la verdad. (Véase Juan 18: 33-38) Nosotros hemos sido llamados para hacer lo mismo.

La naturaleza de la oraciónEl fundamento de todo lo bueno que podemos realizar es la oración. “Sin mí” dijo Cristo, “no pueden hacer nada” (Jn 15:5) Jesús no solo nos “ayuda”, como si nosotros hiciéramos todo y El de repente viene a aliviar nuestro pesar. Al contrario, nosotros no podemos ni comenzar a hacer nada bueno sin Su acción salvadora para nosotros. Todo lo que hacemos proviene de Su Gracia. Necesitamos orar más y con mayor fervor.

Pero hay que tener cuidado de no abusar de algo bueno. Hasta la oración puede convertirse en una excusa, un escape de nuestras responsabilidades para no tomar acción. La tentación puede ser especialmente fuerte cuando se debe tomar una acción que es política. Sin embargo, hemos sido llamados para hacer algo.

¿Porqué?¡Por la misma razón que hemos sido llamados a orar! ¿En realidad necesita Dios que oremos? ¿Necesita El que se le recuerde Sus responsabilidades, o que se le diga que es lo que tiene que hacer? Por supuesto que no. Sin embargo nos llama a orar, porque Él quiere que nos involucremos en lo que Él hace. Por lo tanto, si Él nos llama a orar, aunque Él puede hacer todo sin necesidad de nuestras oraciones, es lógico que Él nos llame a actuar, aunque Él lo pueda hacer todo sin que hagamos algo. Dios no nos llama porque nos necesita sino porque Él quiere utilizarnos.

La oración no es de solo pedirle a Dios que haga algo. Esa es una parte, pero hay más. La oración es la unión con Dios. Orar significa que nos abrimos a lo ancho para que Dios venga y haga algo en nosotros. La oración y la acción no son pociones separadas, sino que son dos aspectos de la misma realidad: la unión con Dios. Cuando oramos, nos dirigimos a un Dios vivo, un fuego ardiente, la fuente de toda actividad. Cuando dejamos de orar, no nos deberíamos sentir descansados sino con deseos de hacer algo. No deberíamos sentir que hemos cumplido con nuestra tarea sino que deberíamos sentir que se nos acaba de dar una tarea por hacer.

Hay que tener cuidado cuando le pedimos a Dios que detenga la injusticia. Su respuesta puede ser que desde el Cielo nos tome y nos levante para introducirnos en la batalla. Dios no va a romper los cielos y bajar para decirle al país que detengan las injusticias. Lo que hará es poner una convicción dentro de nuestros corazones junto con palabras en nuestros labios y nos ordenará que hablemos y actuemos. Ojalá nunca usemos la oración para escaparnos de la acción. Mejor, sumerjámonos en la verdadera oración, la cual nos impulsa a actuar en unión con Dios quien destruye la muerte y restaura la vida.

La oración nos ayuda a crecer en la virtud de la caridad, un aspecto de la caridad es que nos preocupamos verdaderamente en como vive la gente. Tratamos de mejorarles sus vidas. Solo orar no es suficiente.

P. Frank Pavone

Director Nacional, Sacerdotes Por la Vida

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El “sacramento” del aborto

Tuesday, June 21st, 2011





El sacramento del aborto es el título de un libro escrito por Ginette Paris, publicado en 1992. En este pequeño libro, la autora afirma que el aborto es un acto sagrado, un sacrificio a Artemisa (conocida como Diana en Roma).

Artemisa es la protectora de los animales salvajes y del cazador que los mata intencionalmente. ¿Cómo es posible que estos roles contradictorios se encuentren en la misma deidad femenina ? La visión que propone el libro es que una madre solamente es capaz de cuidar adecuadamente la vida si posee plenos poderes sobre la vida y la muerte. A veces la muerte es preferible. Aquella que puede proveer la muerte, para que uno pueda escapar una vida hostil, estaría en realidad amando a aquel que es asesinado.

El aborto, entonces, se ve como “una expresión de responsabilidad maternal y no un fracaso del amor materno” (p.8) “Artemisa representa el rechazo a dar vida si este don no es puro e inmaculado… Así cómo Artemisa puede matar a un animal herido antes que permitirle renguear miserablemente, una madre desea evitarle a su hijo un destino doloroso.”

Artemisa, por supuesto, es la misma diosa cuyos adoradores se sintieron tan amenazados por la proclamación que hizo San Pablo del Evangelio en Efeso, que ocasionaron grandes disturbios e incitaron a una gran multitud a gritar durante dos horas: ¡Grande es la Artemisa de los efesios! (Hechos 19:34). Los adoradores contemporaneos de Artemisa deben sentir que sus creencias son amenazadas; porque la proclamación del Evangelio de Cristo afirma que El solo tiene autoridad sobre la vida y la muerte. Ni la madre, ni el padre, ni el estado, ni el propio individuo pueden atribuirse absoluto dominio sobre la vida. “Porque ninguno de nosotros para si mismo vive y ninguno para si mismo muere; pues si vivimos, para el Señor vivimos; y si morimos, morimos para el Señor. En fin, sea que vivamos, sea que muramos, del Señor somos.” (Rom 14:7-8)

El hecho que algunos defiendan al aborto cómo si fuera un acto sagrado debería alertarnos sobre la profundidad de la batalla espiritual que se está librando. El aborto nunca ha sido simplemente o primariamente una cuestión política. Es una religión falsa. Cuando los cristianos pro-vida, por ejemplo, rezan frente a una clínica de abortos, no es simplemente un asunto de cristianos pro-vida que se oponen a la falsa medicina. Es la Iglesia verdadera en conflicto con una falsa iglesia. Un ex-agente de seguridad de una clínica, despues de su conversión, admitió el motivo por el cual se enojaba tanto con los consejeros pro-vida en las aceras: “Uds. venían a protestar frente a nuestra iglesia. Esa clínica era el lugar donde practicábamos nuestro culto”

Ojalá que todos los creyentes y el clero adquieran renovada fuerza para hablar públicamente contra el aborto. Hacer esto es no solamente coherente con la proclamación del Evangelio, sino que es proclamar el Evangelio.

P. Frank Pavone

Director Nacional, Sacerdotes Por la Vida

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Hombres que han perdido a sus hijos

Monday, June 20th, 2011





En todo el mundo, mujeres que han abortado, así como hombres que han perdido hijos por el aborto, se reúnen como parte de la Campaña de Concientización No Más Silencio, y comparten sus testimonios en eventos públicos. Esta campaña, un proyecto de los Sacerdotes por la Vida y de Anglicanos por la vida, tiene varios propósitos. Educar al público sobre el daño que causa el aborto a hombres y a mujeres; informales sobre los variados recursos para sanar esas heridas, y dar testimonio del poder sanador de Cristo y de su misericordia, quien puede perdonar el pecado del aborto y levantarlos de la desesperación que el mismo provoca. No hay razón para permanecer encerrados en el pecado, la vergüenza, y el silencio. Cuando somos sanados, no tenemos que continuar en silencio. Si usted ha sido herido por el aborto y quiere hablar, póngase en contacto con mail@silentnomoreawareness.org  para más detalles.

P. Frank Pavone

Director Nacional, Sacerdotes Por la Vida

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