Ex 20:1-17 or 20:1-3, 7-8, 12-17
1 Cor 1:22-25
Jn 2:13-25
La lectura del Éxodo en la que se otorgan los Mandamientos pone en contexto la prohibición absoluta de asesinar seres humanos. Antes de decir “No matarás”, Dios dice “Yo, soy el Señor, tu Dios, que te saqué de las tierras de Egipto”.
En otras palabras, sus mandamientos se otorgan en el contexto de su relación con nosotros. Él nos rescata, nos libera, hace una Alianza con nosotros, comparte su vida con nosotros. De estas realidades es que aparecen los mandamientos. No nos está imponiendo, simplemente, algo desde afuera, sino que nos está mostrando lo que conlleva la nueva vida. Obedecemos los mandamientos porque somos hijos de Dios. Respetamos la vida no solo porque “Dios así lo dijo”, sino porque “Dios es la vida”. Debemos ser honrados porque “Dios es la verdad”. Debemos ser justos porque “Dios es justicia” y si participamos de su vida, actuaremos como él.
Este es el contexto positivo en el que nuestra gente puede comprender el mandamiento absoluto de respetar, promover y defender la vida. No es un mandamiento molesto, al contrario, como lo dice el salmo de hoy, “nos renueva el alma”, porque le muestra al alma el camino hacia la felicidad y la plenitud.
La promesa de nuestro Señor de levantar el templo de su cuerpo (pasaje del Evangelio de hoy) completa todo este contexto, ya que solo a través de su resurrección es que se nos brinda la vida de Dios. Durante la Cuaresma, todos los catecúmenos se preparan para recibir esa vida resucitada. Además, cada uno de nosotros se prepara, mediante el arrepentimiento cuaresmal, para renovar las promesas de nuestro bautismo en la Pascua. Las promesas de seguir un nuevo camino de vida según los mandamientos.