1 Kgs 3:5, 7-12
Rom 8:28-30
Mt 13:44-52 or 13:44-46
Ve este vídeo con ideas para homilías pero vida: https://youtu.be/NBAYMZ1k_Mg
Salomón pidió y recibió el don de la “sabiduría”. Salomón entiende este deber solemne como rey del pueblo, y por tanto pide este don para “distinguir entre el bien y el mal”.
El Salmista recoge (se basa en) este tema, alabando la Palabra de Dios y Sus Mandamientos porque ellos “arrojan luz, dando conocimiento de lo simple”. Jesús, además, pregunta a sus discípulos, “¿entienden todas estas cosas?” Por Sus palabras Él pretende darles ese don del entendimiento.
Nosotros también somos beneficiarios de este don. Si el Salmista alabó los mandamientos de Dios por dar conocimiento, cuánto más podemos nosotros, que tenemos el beneficio agregado de los Evangelios y la Iglesia. La razón humana puede distinguir por sí misma lo bueno de lo malo. Iluminados y fortalecidos por la revelación de (en) Cristo, no tenemos razones (motivos) para ignorar la verdad moral.
Aún vemos a nuestro alrededor Salomones sin sabiduría, funcionarios públicos que tienen la responsabilidad de gobernar al pueblo pero que afirman que lo que es bueno o malo para la familia humana no puede conocerse con certeza. Este problema ha sido abordado frecuentemente por el Magisterio de la Iglesia. En el 2002 de “NOTA DOCTRINAL
sobre algunas cuestiones relativas al compromiso y la conducta de los católicos en la vida política” emitida por la Congregación para la Doctrina de la Fe, el problema se describe de esta manera: “…los ciudadanos reivindican la más completa autonomía para sus propias preferencias morales, mientras que, por otra parte, los legisladores creen que respetan esa libertad formulando leyes que prescinden de los principios de la ética natural, limitándose a la condescendencia con ciertas orientaciones culturales o morales transitorias, como si todas las posibles concepciones de la vida tuvieran igual valor”.
Las lecturas de hoy dejan claro que ningún creyente puede hacer esta afirmación. Parte de la “buena nueva” es que nosotros podemos efectivamente reconocer la diferencia entre el bien y el mal, y tener la fuerza para llevarla a cabo. Entre los bienes que tenemos que preservar, la “perla de más valor” es la vida misma, la base y razón de cualquier otro derecho y bien que poseamos.