Ezequiel 18:25-28
Filipenses 2:1-11 o 2:1-5
Mt 21:28-32
Las personas de hecho, se pueden convertir. Dios mismo nos pide justamente eso a través de las lecturas de hoy. Aquel hijo que primero dice no, luego puede llegar a decir sí (Evangelio); el impío puede volverse del camino de su impiedad y todavía hallar la vida (Primera Lectura). Esto se vuelve cierto en el esfuerzo Pro-Vida; de hecho, el flujo de conversiones, se da justo en el camino de la vida, no así en el de la muerte. Norma McCorvey por ejemplo, quien fuera la anterior “Jane Roe” así como la demandante (y ganadora) del famoso caso Roe contra Wade del fallo de la Corte Suprema en 1973, que legalizó el aborto, se convirtió en una católica Pro-Vida, y trabajó el resto de su vida para poner fin al aborto. Lo mismo sucedió con el Dr. Bernard Nathanson, uno de los arquitectos del movimiento por el derecho al aborto. Y existen tantos otros, que se formó una sociedad internacional de ex abortistas llamada “Sociedad de los Centuriones”.
Pero todavía es más común el testimonio llamado “Me Arrepiento de Mi Aborto” que brindan diversas mujeres de la Campaña de Concientización No Más en Silencio, la mayor movilización de la historia de quienes han tenido abortos y ahora alzan su voz en contra de este flagelo. “Me Arrepiento de mi Paternidad perdida”, es el mensaje que ofrecen los hombres de la campaña, en tanto lloran y hacen el luto por los hijos que perdieron por cuenta de un aborto. La Iglesia está llamada en las lecturas de hoy a dar la bienvenida de regreso a casa de estas personas, y aprender de su dolorosa experiencia.
La forma larga de la segunda lectura sugiere el tema Pro-Vida que compartimos durante La Fiesta de la Exaltación de la Cruz (septiembre 14), una reflexión que queremos compartir de nuevo hoy:
“La Pro-Elección” es una exaltación del Yo; la Cruz es por defecto, la negación del Yo. “La Pro-elección” es la afirmación de uno mismo; La Cruz significa vaciarse de uno mismo. “Los Pro-elección” afirman que nosotros podemos levantarnos por nosotros mismos; la Cruz dice que somos obedientes y que es Dios el único que realmente nos levanta…”
La guerra entre la cultura de la vida y la cultura de la muerte no comenzó justo después del caso Roe contra Wade, aunque en ese momento, sí se introdujo un capítulo nuevo a esta contienda. Se trata de una batalla cósmica, con sus orígenes en el albor de la historia humana, y de hecho, en la historia misma de los ángeles. En Apocalipsis 12:7 leemos: “Una Guerra se desató en el Cielo”. La guerra es un asunto terrible en la tierra. ¿Qué significa por tanto el hecho de que una tal batalla se haya desatado en el Cielo? Esta guerra involucró a algunos ángeles que se rebelaron en contra de Dios y se convirtieron en demonios. Y ¿qué fue exactamente aquella cosa que causó que un ángel se convirtiera en demonio? ¿Cuál fue el error del Maligno?
En Isaías 14, leemos la reprensión hecha al Rey de Babilonia. El pasaje da cuenta de un profundo significado espiritual y arroja una mirada al pensamiento del Maligno. Dice así, “Oh ¿Cómo caíste desde el cielo, Lucero, hijo de la Aurora? ¿Cómo tú, el vencedor de las naciones, has sido arrojado a la tierra y humillado? En tu corazón decías: «Subiré hasta el cielo y levantaré mi trono por encima de las estrellas de Dios, me sentaré en la montaña donde se reúnen los dioses, allá donde el Norte se termina; subiré a la cumbre de las nubes, seré igual al Altísimo.» (Is. 14:12-14).
He aquí el error del Diablo. ¡Pensó que podría llegar a ser como Dios! Esa es la razón por la cual los ángeles que combatieron contra él fueron comandados por el poderoso Arcángel San Miguel (Mi-ka-El ), que significa “¿QUIÉN COMO DIOS?”
Miguel y sus ángeles ganaron, pero esta Guerra escatológica no terminó allí. ¡Satán y su legión de demonios “fueron precipitados a la tierra!” (Apocalipsis 12:9), y es justo ahí cuando comenzaron todos nuestros problemas.
La solución al pensamiento del Maligno es el pensamiento del Único Dios, el cual es Santo. En tanto Isaías levanta el velo para dejarnos ver el pensamiento de Lucifer, San Pablo, en la Segunda Lectura de hoy, se da a la tarea de desvelar el pensamiento y la mente de Cristo: "Tened entre vosotros los mismos sentimientos que Cristo: “El cual, siendo de condición divina, no retuvo ávidamente el ser igual a Dios. Sino que se despojó de sí mismo tomando condición de siervo haciéndose semejante a los hombres y apareciendo en su porte como hombre; y se humilló a sí mismo, obedeciendo hasta la muerte y muerte de cruz. Por lo cual Dios le exaltó y le otorgó el Nombre, que está sobre todo nombre." (Fil. 2, 6-9)
Esta actitud, la cual San Pablo afirma debe ser también la nuestra, contradice la actitud de exaltarnos a nosotros mismos por medio de nuestras propias elecciones. Antes bien, nuestra exaltación, libertad y plena realización, provienen de la humilde aceptación y obediencia a una verdad que no fue creada por nosotros. El árbol del conocimiento del bien y del mal demarca el límite de nuestras libres elecciones. La verdadera libertad es el poder de elegir lo que está bien, y amar como Cristo amó, abrazando la cruz y entregándose completamente al bienestar del prójimo.